Roma: ¿Por qué no es para todos?

Las películas pueden ser como la poesía o la prosa, y por ende no del gusto de todos.

Por Valeria Bocanegra

Es un hecho innegable -aunque pretencioso quizá- que a grandes rasgos se pueden identificar dos tipos de películas: el cine de arte y el cine comercial. El que tengamos mayor preferencia por uno o por otro no nos hace mejores personas, que quede claro; sin embargo, la división existe, es algo tangible, apreciable visualmente. Tampoco debemos olvidar, por otro lado, que el cine, el producto final presentado ante decenas de personas en una pantalla grande, fue pensado desde sus orígenes como un medio a través del cual se obtenían ganancias.

Esto no impidió que al poco tiempo también se le considerara un arte a la altura de expresiones artísticas centenarias como el teatro, la música y la danza. En resumidas cuentas, el cine es un producto y un arte a la vez y debemos tomar en consideración ambas caras de la moneda al tratar de acercarnos de manera crítica a un filme.

Roma se estrenó en un festival de cine, uno de esos espacios a los que asiste gente que gusta de ver cine de arte; pero la cinta de Cuarón comenzó a dar de qué hablar cuando se estrenó en Netflix (una plataforma en la que, generalmente, hay cine comercial), pues se volvió más asequible para las audiencias aunque Cinépolis o Cinemex hubieran accedido a proyectar la película. A partir de su estreno en Netflix, no se habló de otra cosa en redes sociales, en la sobremesa, en los camiones o en las universidades, que no fuera Roma.

El descontento y la insatisfacción que sintieron muchas personas que tuvieron la oportunidad de ver la cinta de Cuarón tiene su explicación en la cara artística de la moneda que es Roma. Si de nuevo recordamos que el cine es un arte, similar a la poesía, vale la pena traer a colación lo que Lamartine hacía ver con respecto a las diferencias entre la poesía y la prosa: “La prosa no se dirige más que a la idea: el verso habla a un mismo tiempo a la idea y a la sensación”.

De la misma manera, hay películas que sólo se dirigen a la idea, o dicho de otra manera, que sólo cuentan una historia sin buscar la catarsis de la que hablaba Aristóteles; y también existen películas que son poesía, en las cuales no sólo hay una buena historia que contar, sino que el director busca a través de diferentes estrategias, el momento catártico en el espectador.

Siguiendo una vez más a Lamartine, “el hombre [como especie] no puede ni producir ni soportar mucha poesía: porque ocupándolo enteramente en cuanto al alma y en cuanto a los sentidos, y exaltando a la vez estas dos facultades… lo agota”. Si el lector es un amante del cine -o incluso si no lo es tanto- habrá experimentado la sensación de agotamiento del que hablaba Lamartine. Considero que esto se debe a que son películas poéticas, o mejor: poesía cinematográfica.

En algún lugar leí que la cinematografía de Tarkovsky se considera, precisamente, como poesía visual, y teniendo como marco referencial las palabras de Lamartine, no puedo más que estar de acuerdo. Recuerdo cuando vi por primera vez Nostalgia: terminé fatigada y en ese momento no entendía la razón. Me sucedió lo mismo cuando vi La lista de Schindler (Spielberg, 1993), Boyhood (Linklater, 2014), 2001: Odisea al espacio (Kubrick, 1969) y, por supuesto Roma (2018), además de un largo etcétera. Se trata de películas que, aunque me parecen buenísimas, no vería cualquier domingo por la tarde después de pasear en bicicleta en el parque Tangamanga, pues son verdaderamente pesadas.

Roma es una película que no es para todos, no porque sean inferiores…sino por una razón más simple y menos pretenciosa y discriminatoria: ninguna película está pensada para todos

Con lo anterior, llegamos a la primera apreciación: Roma es una película poética, y como tal, es totalmente válido que no sea del agrado de todos del mismo modo que no todos son grandes lectores de poesía, pero sí de narrativa o ensayo. Debo decir que, aunque parezca un chiste, cuando habían pasado apenas 20 minutos de película, sentí que llevaba mínimo una hora viendo la película, y es que hay que decirlo: la película se torna aburrida en ratos.

La elección de una fotografía en blanco y negro hace la película aun más pesada (como sucede con La lista de Schindler), pero no puede negarse que es bellísima y es, quizá, uno de los elementos más destacables de Roma. Como todo poema, hay que desglosarlo, ordenarlo, buscar las metáforas, los símiles y demás recursos retóricos: ahí está lo agotador. Por otro lado, la cinta de Cuarón es también de un realismo casi decimonónico, lo que provoca la sensación de que no pasa nada.

Sin embargo, creo que Roma logra ser un buen retrato de la gran ciudad bulliciosa en la que creció Cuarón y en la que millones de mexicanos viven día con día. Por todo lo anterior, Roma es una película que no es para todos, no porque sean inferiores a quienes sí la disfrutamos, sino por una razón más simple y menos pretenciosa y discriminatoria: ninguna película está pensada para todos.

Con esto último me quedo para que hagamos la segunda apreciación: el cine es un producto, y por lo tanto, Roma lo es. Como todo producto, está pensado para cierto público. ¿En quién pensaba Cuarón cuando filmó su cinta? ¿En los mexicanos? ¿En las trabajadoras domésticas? ¿En los jueces de la Academia de Artes Cinematográficas? No me atrevería a contestar esta pregunta de manera tajante, pero sí creo que el espectador implícito de Roma es aquel que esté, en mayor o menor medida, acostumbrado a consumir este tipo de cine poético; que, ojo aquí, esto no quiere decir que quien consume el uno no consume el otro.

Por ahora alegrémonos de que haya buen cine hecho en México

En todo caso, el espectador implícito de Roma debería estar familiarizado con este tipo de cine más contemplativo y realista. No necesita ser un experto en cine, sino estar dispuesto a desenmarañar la cinta de Cuarón, de la misma manera que alguien que va a un museo está dispuesto a pararse frente a un cuadro para contemplarlo y tratar de buscar algún significado detrás de lo que observa, ir más allá de la descripción.

Por último, entre todas las cosas que se han dicho de Roma, no faltó quien hiciera alusión a la narrativa melodramática y telenovelesca de la cinta. No considero, sin embargo, que Roma sea una larga telenovela pretenciosa. Por el contrario, desromantiza todo aquello que tiende a romantizarse en las telenovelas. Quisiera recordar la secuencia en la que Cleo da a luz a su hija muerta, en la cual se retrata con un realismo que asusta, la frialdad de los hospitales públicos: acá no está la enfermera que llora la pérdida junto a la no-madre, sino personal médico que se comporta de acuerdo con el protocolo que dicta ser insensibles a más no poder delante del paciente. La criatura sólo es un número más.

Es en esos pequeños detalles en donde debemos ver la belleza de Roma. Pero si tú, lector, no lograste encontrarla: no te preocupes, que para gustos colores. Por ahora alegrémonos de que haya buen cine hecho en México (y ya no sólo por mexicanos).