Madre sólo hay una: Capítulo 11

Los días empezaron a acumularse de nueva cuenta, y como hacia un par de semanas atrás, Felícitas estaba encerrada en su casa, en su recamara, en su cama, dejando que la depresión se apoderada de ella de nueva cuenta. El dolor físico junto con el emocional no quería irse. Seguían muy presentes. El señor ese sí que se había ido desde el primer momento, solo visitándola en un par de ocasiones.

A los dos días cumplidos, el taxista hizo su aparición. Estuvo tocando a la puerta insistentemente. Afortunadamente Felícitas no daba muestras de vida, encerrada en su habitación, con todas las luces apagadas, como si no hubiera nadie en la casa. El taxista se rindió al final, yéndose, no sin antes patear la puerta cuanto pudo. Felícitas se sintió aliviada. Solo esperaba que él también le diera punto final y no volviera a aparecer de nueva cuenta.

Como en la ocasión anterior, Felícitas tuvo una revelación en medio de su sufrimiento mental personal. Sabía que nadie más haría algo por ella y por la memoria de Ernesto; sabía que nadie detendría a su asesino. Que la única persona que podría hacer algo al respecto era ella misma. Ya no haría más marchas, ni plantones, ni nada por el estilo. Ella investigaría y encontraría al culpable.

Al igual que como la otra vez, la noche anterior no durmió bien. La espalda y las rodillas le dolieron cuando se puso de pie luego de haber estado acostada tanto tiempo. Tomó una muda de ropa limpia para meterse a bañar. Se vio al espejo. Definitivamente había bajado los kilos que tenia de más. Los pómulos le resaltaban, así como las costillas. Los senos se le veían más abajo, las llantitas habían desaparecido, la piel estaba un poco mas flácida, aunque en realidad solo se lucía así por la pérdida de peso. Los moretones ya habían desaparecido casi por completo, semejando apenas pequeñas marcas.

– Era buena dieta, pero de seguirla, toy segura que me va a matar – se dijo a sí misma, todavía viéndose al espejo.

Se metió a bañar con calma, dejando que el agua caliente la refrescara. Tallándose todos los lugares donde la mugre de los últimos días que paso sin bañarse se había acumulado.

Estaba secándose fuera de la regadera, con la misma calma con la que se bañó.

El ruido de los toquidos la asustó, pegando un pequeño brinco, cayéndosele la toalla. Un escalosfrio recorrió todo su cuerpo. Al notarse desnuda su primer impulso fue el cubrirse lo mejor que pudo, antes de pensar siquiera en levantar la toalla y cubrirse de nuevo. Lo único que apareció en su mente fue el taxista. El miedo no desapareció. No saldría del baño, dejaría que se cansara de tocar y se fuera. Esperó sentada en la taza del baño, cubierta solo con la toalla, hasta que el ruido desapareciera y la calma volviera. Pero el ruido continuaba, los toquidos constantes. Eso la empezaba a volver loca. Agarró con fuerza su toalla, y con cuidado abrió la puerta del baño, haciendo la menor cantidad de ruido, para luego asomar la cabeza hacia el pasillo. No había modo de que pudieran verla desde el exterior, pero ella tampoco podía ver hacia el exterior. No sabía quién era el pinche latoso que no se largaba a la chingada.

Salió del baño, a la ventana que estaba junto a la puerta, que tenía una cortina de piso a techo para tratar de ver a través de ella. Soltó un suspiro de tranquilidad cuando no vio policías ni taxistas en la puerta. Era una mujer acompañada por dos hombres, vestidos de traje, como si fueran godínez. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren?, fueron las preguntas que se hizo Felícitas mientras los veía.

Abrió la puerta un poco, apenas sacando la cabeza.

-Hola –dijo de inmediato la mujer, quien estaba a cargo obviamente.

-Hola –dijo tímidamente Felícitas, sin dejar de verlos.

-¿Qué le pasó? –preguntó la joven, al ver el rostro amoratado e hinchado de Felícitas.

-Nada, me caí de las escaleras –dijo en automático, mentira que había dicho a través de los años. Ni escaleras tenía en su casa.

-¿Pero está bien?

-Sí, todo bien. ¿Qué desean? –preguntó cortante, cambiando de tema.

-Venimos de la televisora (por motivos de derechos de autor no puedo decir el nombre de la televisora, además, no quiero hacerles publicidad a esos güeyes), y queremos platicar con usted al respecto de lo sucedido estos últimos días frente a la comandancia de policía –dijo la señorita de traje sastre.

El par de tipos que la acompañaban, con lentes puestos, parecían más sus guaruras que ejecutivos de la cadena televisiva y que nomas miraban sin decir palabra.

Felícitas sacó más la cabeza, asomándose hacia ambos lados de la calle, buscando que no le fueran a dar otra sorpresita y volviera a terminar en casa de la chingada de lejos toda madreada.

-Permítanme unos segundos, en lo que me visto –dijo ella, para luego cerrar la puerta, dejándolos afuera.

Caminó hasta su habitación. No quería correr. Todavía escurría agua y no deseaba terminar en el piso, ya habían sido suficientes los madrazos que se había dado y le habían dado.

Con cierta prisa se vistió, quedándose con el pedo mojado, para regresar y abrir la puerta. Los tres seguían bajo el sol esperando.

-Pasen –invitó Felícitas con una sonrisa en el rostro y los hombros de la camisa mojada por culpa del cabello–. Disculpen el tiradero, pero he tenido poco tiempo para arreglar.

-No se preocupe –dijo la joven ejecutiva, mientras se sentaban en el viejo sillón de la sala.

-¿Gustan algo de beber? La verdad ni he ido al mercado, así que solo tengo agua –dijo Felícitas acercándose, luego de cerrar la puerta.

-No gracias, estamos bien así –respondió la joven.

-¿Cómo supieron donde vivía? –le intrigó Felícitas que en ningún momento en que estuvo fuera de la casa le dijo a nadie cuál era su domicilio.

-Nos tomamos la molestia de preguntar su nombre y de ahí investigamos un poco, y logramos dar con esta dirección. Espero que no le moleste el que nos presentemos así como así.

-Pues la verdad si un poco –respondió ella haciendo algo de jetas, esa de desagrado que tenía en su repertorio–. He tenido ciertos problemas con gente indeseable desde que todo esto empezó.

-Me imagino y créame que su información estará segura con nosotros.

-Eso espero. Lo último que deseo es que se aparezca más gente indeseable.

-Esperemos que no –dijo ella–. Por lo visto sí que han sido indeseables y peligrosos –agregó, haciendo referencia a los moretones que exhibía Felícitas en rostro y brazos.

-Si lo eran, pero ya no hablemos de eso –dijo, sentándose por fin en su lugar de siempre–. Mejor díganme, ¿para qué toy buena?

-Le traemos una propuesta –dijo la joven con sonrisa en el rostro, sacando una tablet de su bolsa. La encendió para mostrarle uno de los tantos videos que habían grabado de ella en el plantón frente a la comandancia–. Nos interesa mucho su historia y queremos hacer un documental sobre usted y el motivo del por qué hace tales plantones y exigencias. Creemos que usted es un ejemplo para mucha gente no solo para las madres que han perdido un familiar en esta inútil guerra contra el narco. También para todos aquellos que buscan a los desaparecidos, y por ultimo aquellos que quieren resultados reales, verídicos que la policía no ha querido dar, a pesar de saber toda la verdad.

Felicitas miraba los videos, recordando esos días y sus consecuencias. No puso mucha atención a las palabras de la joven, ya que su acostumbrado tren de pensamientos la llevó a lo sucedido la noche cuando la levantaron y lo que siguió después de eso.

-Creo que eso no se va a poder –dijo Felícitas muy tranquila. Ninguno de los tres ejecutivos perdió la sonrisa, aunque se vieron sorprendidos ante la respuesta recibida. Ellos estaban acostumbrados a que todos saltaran de emoción al saber que saldrían en la televisión, que tendrían sus quince minutos de fama.

-¿Perdón? –preguntó la joven.

-Ya no iré a hacer más plantones –dijo categóricamente–. Me deslindo de todo eso –agregó, moviendo las manos.

-¿Podría saber el motivo?

-Me canse de la hueva de la policía, de su falta de ganas de resolver todo -dijo, haciendo una pausa dramática. Si fuera película, en este momento de epifanía, una música lenta iría en crescendo, o sea subiendo de intensidad, para revelar el momento cumbre, el momento en que todo cambiará para siempre y la vida de Felícitas y de los que la rodean no volverá a ser igual–. Yo me encargaré de todo.

Al orgullo con el que Felícitas dijo esto último, nomás le faltó que se pusiera de pie con el puño en alto. Qué bueno que no lo hizo porque se hubiera visto ridícula.

-¿Disculpe? –preguntó la joven, quien no parecía comprender a lo que se refería Felícitas.

-Pues que ya no voy a esperar a que la policía haga su trabajo. Lo voy a hacer yo misma.

-O sea, ¿está diciendo que usted va a investigar quién fue quien ultimó a su hijo? –inquirió la joven todavía más sorprendida.

-Asi es. Yo merita haré toda la chamba –dijo Felícitas sonriendo.

Los tres ejecutivos se vieron entre ellos desconcertados por un momento.

-¿Y qué le parecería que nosotros documentáramos toda esa búsqueda que piensa realizar? –dijo la joven expresando la idea que los tres habían tenido al unísono–. Podríamos traer un par de camarógrafos que la seguirían a todos lados, mostrando el avance de su investigación y todos los pormenores. Lo transmitiremos a nivel nacional. Asi todo el país conocerá su historia y de pasada, le damos cachetada con guante blanco a las supuestas fuerzas del orden de todo el país.

Parecía que la joven estaba obsesionada con criticar a las policías, muy merecido, pero medio aferrada. Sin embargo le dio en el mero clavo a lo que Felícitas quería: hacer ver mal a la policía, sobre todo a Ramón, que sin deberla ni temerla salió embarrado.

-Sí. Me gusta la idea –respondió Felícitas imaginándose a Ramón siendo despedido y al asesino de su hijo encerrado de por vida, si es que no terminaba muerto primero.

-¡Perfecto! –dijo la joven ejecutiva saltando de emoción en su asiento.