Madre sólo hay una: Capítulo 12

La ejecutiva de televisión se volvió a presentar ante la puerta de la casa de Felícitas, pero no iba sola. Dos jóvenes la acompañaban. Ambos muy parecidos en altura. Uno, medio güero, de pelo corto y lentes de pasta negros, que traía unos audífonos grandes colgando del cuello, mientras que el otro, pelo un poco largo, nariz grande y poca barba tenía una mochila colgando de la espalda.

Felícitas les abrió la puerta permitiéndoles entrar.

-Buenos días –dijo la ejecutiva con singular alegría al pasar junto a Felícitas que sonreía, ya limpia, arreglada, perfumiada y desayunada, lista para lo que le presentara ese día.

-Buenos días –respondió de igual manera, mientras veía como los invitados pasaban, diciendo lo mismo una y otra vez (por eso ya ni me tomo la molestia en poner esos diálogos).

Todos se sentaron en el sillón de la sala, Felícitas cerró la puerta, para acercarse a ellos.

-Déjeme les presento a los muchachos –dijo la ejecutiva. Asi como Felícitas, el narrador de esta historia, o sea yo, soy malo para recordar nombres, así que para no evitar problemas, les llamaremos el Camarógrafo y el Sonidero respectivamente. Ambos saludaron a Felicitas de mano, un tanto intimidados del tamaño de la mujerona que tenían enfrente.

–Ellos serán los encargados de registrar todo lo que suceda mientras hace su búsqueda. La acompañarán a todas partes. Ellos serán nuestros ojos y oídos –hizo una pausa–. Traen un equipo con el que quieren que se familiarice, además de ir haciendo migas entre ustedes, es importante para que todo salga bien.

-Perfecto –dijo Felícitas, ya contagiada de la energía y sonrisas de la joven.

El camarógrafo puso la mochila sobre la mesa de centro, que muchas veces funcionó como mesa de comedor cuando les gustaba sentarse en la sala a comer y ver la televisión al mismo tiempo. De esta extrajo un par de estuches que deposito sobre la mesa con cuidado. Abrió uno de esos escuches, pequeña caja metálica de 15 cm de lado, por unos 10cm de grosor. Sacó unos lentes hipsters, de pasta gruesa y negra, con cristales que no se les notaba la graduación.

-Estos son unos lentes –dijo el camarógrafo, mostrándolos a Felícitas.

-¿Serio? –dijo ella de inmediato, sonriendo– Pensé que era una lavadora.

El camarógrafo la vio fijamente por unos segundos, con cara de no muy buenos amigos.

-Estos lentes no tienen aumento, pero lo que tienen es una micro cámara, ¿ve? –señaló el puente de la nariz que tenía un pequeño agujero de un par de milímetros de diámetro, y que Felícitas se acercó para ver mejor– Estos lentes son digitales, tienen una resolución de alta definición y transmiten todo vía celular, ya sea a la camioneta que la seguirá todo el día o a la central, que esta por el centro, ya sabe dónde, ¿no?

Felicitas solo movió la cabeza de forma afirmativa, aunque en realidad no sabía de lo que hablaba.

–Perfecto. Póngaselos por favor –dijo el camarógrafo, dándoselos.

Felícitas los tomó para con cuidado ponérselos. Nunca había usado lentes. Hasta el momento todavía veía bien. Ni siquiera usaba lentes oscuros. El camarógrafo sacó el celular para usar la cámara frontal como espejo, dejando que felicitas pudiera ver su ya medio arrugado y caído rostro con unos lentes que enmarcaban sus ojos color miel.

-Pos fea no me veo –dijo, admirándose.

El camarógrafo viendo el celular abrió una aplicación donde se mostraba la transmisión que los lentes de Felícitas hacían en tiempo real.

-Orales, que chido –dijo ella, viendo hacia el celular de nueva cuenta, quitándose los lentes, moviéndolos hacia todos lados, para luego verse a sí misma.

–Esto está bien loco –dijo.

-Sí. Ta chido el aparato. La idea es que siempre los use. Obvio, no cuando va al baño – dijo el camarógrafo en tono de broma, también en serio. Nadie quería ver a Felícitas viendo la pared mientras pujaba y lo del porno que podría grabarse.

Mientras el camarógrafo presumía los lentes, el sonidero abria el otro escuche, sacando lo que vendría siendo un broche, con forma de mariposa.

-Ahora, este es un micrófono de amplio espectro –dijo el mamilas del sonidero acerándose a Felícitas, inventándose un término que no existía, mientras el camarógrafo lo miraba con cara de no mameyes con los magueyes, ¿qué dijistes?-. Grabará todo lo que esté a su alrededor en un radio no mayor de 5 metros.

El sonidero se acercó con la intención de poner el micrófono en la blusa de Felícitas, a la altura del corazón, del lado izquierdo. Pero al ver el chicharrón de ella, prefirió pedirle ayuda. No fuera a ser que el seguro se lo perforara y se le desinflara o se le cayeran más o cualquier cosas por el estilo.

Felícitas lo tomo con cuidado, para ponérselo donde el corazón luciéndolo, sacando más el ya de por si grande chicharrón.

-Ese micrófono, al igual que la cámara, transmitirá todo vía celular, ya sea a la camioneta que la seguirá todo el día o a la central –explicó el sonidero, viendo la mariposa.

-Hagamos una prueba, ¿qué le parece? –preguntó el camarógrafo- Salgan a caminar un rato, dando la vuelta a la manzana para comprobar que las conexiones están bien y que podemos ver y escuchar todo.

-Me parece perfecto –dijo la joven ejecutiva, poniéndose de pie.

Todos salieron de la casa. Felícitas y la ejecutiva empezaron a caminar, mientras que el camarógrafo y el sonidero se quedaron en la camioneta, donde traían el equipo receptor.

La caminata duró apenas unos minutos, pero sirvieron para que los técnicos comprobaran que todo funcionaba a la perfección, mientras que ambas mujeres platicaban nimiedades, solo para comprobar que en la camioneta podrían ser escuchadas y ver lo que Felicitas veía. Luego regresaron de nueva cuenta al interior de la vivienda.

-Nada más le pido que me firme estos documentos antes de irme, para que este todo listo para empezar –dijo la joven ejecutiva, sacando un fajo de papeles de un par de centímetros de grosor, entre contratos y responsivas por el equipo y pólizas de seguros y demás cosas que asegurarían que Felícitas cumpliera con el contrato, cuanto le pagarían y cuanto pagaría por si es que alguno de los equipos que traía encima se llegara a descomponer y cuanto le pagaría el seguro si es que se lastimaba de alguna manera. Felícitas firmó a gusto durante varios minutos, que si en la rayita punteada, que si al borde de la pagina, que si hojas por duplicado y triplicado, que si la foto de la tarjeta pa votar, y demás. La burocracia empresarial a su máxima expresión.

-Bien –volvió a decir con alegría la joven a quien parecía que nunca se le acababa (tal vez había logrado el fichaje de su vida, quien sabe, pero de que eso la tenía muy contenta la tenía)–. Pues eso es todo de mi parte por el momento. La dejo con los muchachos para que empiecen hoy mismo a trabajar. Me retiro.

Y agregó:

–Muchachos, pórtense bien –dijo en son de broma mientras caminaba hacia la puerta con los papeles guardados en un maletín, seguida por Felícitas–. Estamos en contacto.

Fue lo último por decir antes de salir de la casa, a modo de despedida, y Felícitas cerró la puerta quedándose sola con los muchachos.