Roja infancia: “Irlandeses detrás de un gato” de Rodolfo Walsh

Por Adán Medellín

La literatura abunda en relatos de iniciación, piezas narrativas que dan cuenta del pasaje doloroso que nos inserta en la dinámica de la adultez, la sociedad, el despertar sexual y la violenta realidad que nos aguarda más allá de las ilusiones y el consuelo de la infancia. Entre los ejemplos más famosos y celebrados en las letras latinoamericanas del siglo XX deben estar los textos de Bryce Echenique o La ciudad y los perros de Vargas Llosa, de notable y casi sospechosa deuda con el Törless de Robert Musil.

En estas líneas deseo centrarme en las posibilidades que la ficción breve ofrece para recrear ese tránsito al conocimiento brutal de la vida, tras la lectura de “Irlandeses detrás de un gato”, cuento perteneciente a la llamada serie de Los irlandeses (“Irlandeses detrás de un gato”, “Los oficios terrestres” y “Un oscuro día de justicia”), que aparecen en tres libros de relatos del escritor y periodista argentino Rodolfo Walsh (1927-1977).

Si el estilo de esta serie de relatos impresionó a Ricardo Piglia, quien había visto en ellos un tono “bíblico” que los remitía al primer Joyce o a la narrativa de Faulkner, su autor sabía que su base autobiográfica había irradiado la densa vitalidad que puede saborearse en estos cuentos. Walsh había llegado desde su pueblo natal en la provincia de Río Negro, haciendo un viaje de más de 900 kms hasta la ciudad de Buenos Aires, para cursar estudios secundarios en dos colegios religiosos para irlandeses durante su adolescencia.

“Irlandeses detrás de un gato”, cuento publicado en 1965 dentro del volumen Los oficios terrestres, narra el primer día de El Gato O´Hara, personaje en la frontera de la niñez y la adolescencia. Es un chico flaco, desconfiado y escurridizo (de ahí su apodo) de poco menos de doce años con “una naturaleza oculta” y un “rostro como un limón inmaduro espolvoreado de ceniza”, que se integra como habitante del colegio para niños irlandeses construido por la Sociedad de Damas de San José.

“Lo que impacta en el texto de Walsh es que El Gato, todos sus compañeros, están llenos de soledad, resentimiento, terror. Furias que parecen abstractas pero que se revelan en pequeños detalles y aparecen cuando el nuevo niño pone pie en la institución.”

No es ésta una institución militarizada ni una representación de las clases adineradas inmersas en un microcosmos social, como la mencionada novela de Vargas Llosa. El colegio de Walsh es una institución de beneficencia, administrada por curas, donde todos los niños comparten carencias económicas y el mismo origen racial: una especie de igualación ante la pobreza, la orfandad, el infortunio o la sordidez de sus circunstancias personales.

O´Hara vive incómodo y extrañado consigo mismo y con su cuerpo evasivo, alejado del primer hogar y del mundo, del dudoso cariño de una madre que apenas acierta a derramar unas pocas lágrimas cuando lo abandona en la rectoría bajo la educación de los curas. Lo que impacta en el texto de Walsh es que El Gato, todos sus compañeros, están llenos de soledad, resentimiento, terror. Furias que parecen abstractas pero que se revelan en pequeños detalles y aparecen cuando el nuevo niño pone pie en la institución.

“Si El Gato no quiere pelear y ser ubicado en el ránking del colegio, una manera de recibirlo e integrarlo en una escala social regida por la fuerza física y las habilidades pugilísticas, entonces debe ser golpeado.”

El espíritu de furia colectiva encarnado en algunos voceros infantiles obliga a El Gato a pelear, pero éste pide posponer esta deuda hasta que finalmente se niega. Entonces la comunidad de niños sólo halla un remedio: si El Gato no quiere pelear y ser ubicado en el ránking del colegio, una manera de recibirlo e integrarlo en una escala social regida por la fuerza física y las habilidades pugilísticas, entonces debe ser golpeado.

Así conocemos la violencia, los rasguños, las burlas, las fantasías de quienes se sienten hijos de rancias noblezas aunque provengan de familias campesinas o los que, como El Gato, reconocen ante los demás que simple y llanamente son hijos de “una puta piadosa” en un pueblo perdido”

Antes del discurso, de la ceremonia, del lenguaje, están el cuerpo y su choque con los otros. “Irlandeses detrás de un gato” es la historia vertiginosa de la persecución en contra de El gato para darle la paliza que se ha ganado por intentar burlar la mecánica de los golpes que organiza las relaciones entre los miembros infantiles y adolescentes de la comunidad. No se trata de algo personal; las cosas son así desde siempre, es la tradición del grupo. Aunque podría ser un reflejo salvaje de ese otro mundo de rígidos sacerdotes y padres ausentes, el ajuste de cuentas colectivo para instaurar el orden proviene de los niños. Así conocemos la violencia, los rasguños, las burlas, las fantasías de quienes se sienten hijos de rancias noblezas aunque provengan de familias campesinas o los que, como El Gato, reconocen ante los demás que simple y llanamente son hijos de “una puta piadosa” en un pueblo perdido. 

Walsh engarza con agilidad y virtuosismo el tiempo del relato y las interacciones entre personajes principales y secundarios. Los niños, los curas, los gestos y los detalles de la vida de la institución educativa viven ante nuestros ojos y acompañan la fuga de El Gato respecto a sus captores trazando un fresco sorprendente de la vida escolar de una generación de hombres nacidos y educados en la primera mitad del siglo XX.

Con un estilo poético y melódico, de frases dilatadas y llenas de imágenes, Walsh disecciona la lógica brutal y salvaje de estos chicos desclasados y abandonados. La llegada del Gato O´Hara al colegio es también lucha y reconocimiento de una identidad propia, desconocida, desconcertante entre él y los suyos, a la que teme intensamente, como “a esas partes ocultas de su ser que hasta entonces sólo se manifestaban en formas fugitivas, como en sueños o en sus insólitos ataques de cólera, o el peculiar fraseo con que a veces decía cosas al parecer comunes, pero que tanto perturbaban a su madre.”

En lo personal, su ritmo in crescendo, su poética violenta y la explosión de sus personajes me convencen más que La ciudad y los perros. Quizás porque esa oscura soledad de la niñez es un sentimiento que nos abruma sin las armas del confort racional de la adultez; quizá porque el abandono es un temor que no desaparece con los años; quizá porque nunca pertenecí a una familia de la alta jerarquía castrense

Walsh elige un lenguaje sensorial y envolvente para convertir una persecución infantil en un acto dramático de resonancias épicas que apela al instinto de preservación, a la angustia por la seguridad en un mundo irracionalmente violento que exige la supervivencia desde su primer contacto con la otredad.

Tras enfrentar y aporrear a Dashwood, el Gato desanduvo su camino. La pelea estaba ahora dentro de él, se derramaba por su sangre con una incesante, incontenible filtración. Sentía su propio olor, acre, humeante, inhumano, como el que deja un rayo al golpear la tierra, y un deseo casi intolerable de matar y huir, de hacer frente y volver a golpear y huir nuevamente, que le inundaba el cerebro y lo dejaba a merced de oscuras corrientes que fluían insensatas por su cuerpo.

En esta comunidad que exige sangre para acogerte como propio, Walsh reserva un golpe final a la mandíbula. Porque la velocidad y astucia felina de El Gato no son suficientes. O´Hara debe conocer la mano firme de sus compañeros que va cerrándose para acorralar al niño-animal y finalmente se topará con la venganza grupal en el justiciero más inesperado. 

Sólo los guantes de box, las lágrimas, los partidos de fútbol y los manoseos solitarios los alivian momentáneamente del rigor de la existencia”

“Irlandeses detrás de un gato” es un texto notable en la brillante cuentística de Walsh, un narrador capaz de pasar de las prosas cerebrales y policíacas en la estela borgiana a las que manaron del realismo social, la crónica negra y su periodismo político. En lo personal, su ritmo in crescendo, su poética violenta y la explosión de sus personajes me convencen más que La ciudad y los perros. Quizás porque esa oscura soledad de la niñez es un sentimiento que nos abruma sin las armas del confort racional de la adultez; quizá porque el abandono es un temor que no desaparece con los años; quizá porque nunca pertenecí a una familia de la alta jerarquía castrense.

Los niños duros y entrañables en el cuento de Walsh no son privilegiados, sino que se han curtido en la mecánica del mundo desde el inicio, casi sin darse cuenta, haciéndose su propio camino entre manotazos e insultos, pero siguen soñando con madres, padres o sencillos milagros aunque parezcan condenados a destinos trágicos muy lejanos del glamour, el éxito, la reverencia política o un futuro prometedor.

Sólo los guantes de box, las lágrimas, los partidos de fútbol y los manoseos solitarios los alivian momentáneamente del rigor de la existencia. La nostalgia mezclada con el asco por el hogar, las maneras religiosas y los juegos sólo esconden los eternos deseos de revancha de los supervivientes de este colegio para abrirse paso al día siguiente y confrontarse con los misterios de la identidad: una lucha que puede hablarle en lo íntimo al lector sobre aquel paraíso idealizado de la infancia, desmontado por una pieza maestra de la narrativa breve latinoamericana.