El departamento de al lado

Por Manuel Alvarez 

Durante el año pasado vivimos con Luciana en la calle Larrea, entre la avenida Santa Fe y Marcelo T., una calle oscura, fea, a dos cuadras del edificio de la facultad de medicina que hace que todo a su alrededor se sienta como en ciudad gótica.

Vivimos en un edificio antiguo, de fachada amarillenta, deteriorada, con aspecto municipal. Nuestro departamento estaba en el sexto piso, letra D. Un departamento de dos ambientes, 40m2, luminoso, con un mini balcón contrafrente que se llenaba de palomas, una mini biblioteca y un escritorio para escribir contra la pared blanca, lo que necesitábamos. El departamento era, como esos canguros bebés, mucho más lindo que el edificio que lo cubría.

“El arte de caminar es que uno está condenado a mirar”

Algo que me gustaba de Larrea era justamente que podía caminar las veinte cuadras que me separaban del trabajo. Salía por Marcelo T. de Alvear, caminaba hasta Callao y de ahí subía a Lavalle, haciendo una L. Me encantaba caminar en la mañana y que el viento me pegara en la cara, me despertara. A la vuelta volvía por adentro, por Rodriguez Peña, atravesaba despacio la plaza enfrente del palacio Pizzurno, un palacio de estilo francés, de fachada de mármol blanco y techo de tejas oscuras, majestuoso, y veía a los pibes jugando a la pelota en las canchitas de futbol tenis, los viejos sentados en los bancos y los grupos tomando mate en el pasto. El arte de caminar es que uno está condenado a mirar. Después cruzaba Callao y ya retomaba, otra vez, Marcelo T. Así el año entero.

Antes de mudarnos, a principios de enero, el dueño nos había dicho que de los tres departamentos del piso el que más se movía era el de enfrente al nuestro porque ahí tenía su consultorio un psicólogo de animales, pero que a las ocho se iba, por lo que no íbamos a tener mucho ruido. Quizá se crucen alguna cabra a la mañana, pero eso es lo único, dijo, y nos reímos. Después agregó que en el edificio pegado al de Dr. Dolittle vivía una pareja que no salía del departamento, que para él eran como fantasmas. ¿Y en el C?, preguntó Luciana. Ahí no vive nadie, respondió. Y nos contó que al departamento de al lado por lo general lo usaban de Airbnb. Eso dijo. Pero a la semana de mudarnos llegó una familia al departamento de al lado.

La primera vez que los cruzamos fue en el hall del piso, esperando el ascensor. Sentimos un ruido de puerta y del C vimos salir un padre y una madre de menos de cuarenta y dos chicas de unos ocho y cinco años que se gritaban entre sí. El padre tenía la piel tostada, era de mediana estatura, de espalda maciza y cara de boxeador; la madre era blanca, de pelo bien oscuro y pechos artificiales; las chicas, de piel morena y rasgos firmes, se parecían más al padre. Nos acercamos a saludar, le dimos la bienvenida, el cruce cordial, formal, de vecinos, digamos, y les ofrecimos que se subieran al ascensor, pero dijeron que no había problema, que bajáramos nosotros, que ellos esperaban. ¿De dónde es la tonada? ¿Venezolanos, no?, preguntó Luciana en el ascensor.

A los pocos días vimos otra pareja, de edad similar, con las mismas chicas, saliendo del departamento. Supusimos que eran los tíos que estaban de visita, pero pasó el tiempo y los seguimos viendo entrar y salir del departamento, solos, con las chicas, con los padres, todos juntos. Era claro que no estaban de visita, vivían los seis en un dos ambientes igual que el nuestro o a lo sumo un poco más grande. ¿Cómo hacían?

“Freno. Pienso y esto gracias a Camus que los vecinos son siempre extranjeros. Digo, por más que habiten un país limítrofe, dentro de sus cuatro paredes no dejan de ser extranjeros, ahí adentro hablan otro idioma, son extraños a nosotros, como Salamano y el perro sarnoso para Meursault”

Me acuerdo que una de esas primeras semanas de enero, a la mañana, bajé junto con la pareja de venezolanos en el ascensor y cuando había hecho un par de cuadras con auriculares camino al trabajo me di cuenta que en la vereda de enfrente, a mi altura, iban los dos caminando. Después me iba a enterar que por la mañana él trabajaba a una cuadra de donde trabajaba yo, y nos cruzaríamos varias veces más, pero esa primera vez lo vi como algo irreal. Hicimos siete cuadras caminando en la misma dirección, mirándonos de reojo. Las conté: siete cuadras, como en Glosa, solo que acá, a diferencia de Leto y el Matemático, entre mis vecinos y yo nos separaba una calle. Creo que esa distancia nos protegía de la misma manera. En un momento los miré y nos saludamos con la palma y la cabeza y giré por Lavalle y los dejé de ver.

Freno. Pienso y esto gracias a Camus que los vecinos son siempre extranjeros. Digo, por más que habiten un país limítrofe, dentro de sus cuatro paredes no dejan de ser extranjeros, ahí adentro hablan otro idioma, son extraños a nosotros, como Salamano y el perro sarnoso para Meursault. Y, por otro lado, a los vecinos no los elegimos. Como dice Chesterton: «Hacemos a nuestros amigos, hacemos a nuestros enemigos, pero Dios hace a nuestros vecinos». Sigo.

El principal problema que tuvimos con los vecinos fue el ruido. Aún con la pared separadora desde nuestro departamento escuchábamos cada cosa que se decían, o peor, la música que escuchaban a todo volumen: bachata o reggaetón. A la música la amortiguábamos con más música de nuestro lado, Pappo a fondo, pero igual era insufrible. Más de una vez por semana se juntaban con gente y festejaban vaya a saber qué.

“Voy a tener que hablar con ellos, van a tener que adaptarse acá, dijo, y sonó como un comisario”

No había pasado un mes que una tarde, volviendo del trabajo, me frenó Laura, la encargada del edificio, una señora entrada en sus cincuenta, bajita, con rulos tipo Valderrama, que caminaba rengueando. Disculpame, nene, ¿te puedo hacer una pregunta? Asentí con la cabeza y la boca y lo soltó. ¿A ustedes le pasa lo mismo con los nuevos?, preguntó. No llegué a responder que ella ya había hablado. Los tengo justo arriba, no me dejan dormir, ¿por qué gritan tanto? Le respondí con una sonrisa irónica, y le dije que no lo sabía, pero que sí, que hablaban un poco fuerte. Voy a tener que hablar con ellos, van a tener que adaptarse acá, dijo, y sonó como un comisario.

No sé si Laura habló con ellos, pero la realidad es que siguieron haciendo ruido. Un miércoles a la noche del mes de febrero era tanto el ruido que Luciana se levantó de la cama para ir a putearlos. Sería la una de la mañana. Les tocó la puerta para pedirles que bajen la voz, que al otro día teníamos que trabajar. Enseguida vino a la cama. ¿Y?, pregunté. Ya está, respondió, y se durmió. Sin embargo a la semana siguiente pasó lo mismo, solo que fue un martes y esta vez me tocó a mí y usé un método distinto al de Luciana. Caminé hasta el living y con el borde del puño cerrado golpeé la pared dos veces con toda mi fuerza, lo que sonó como un doble gong, imposible de no escuchar. Me dolió mucho, la zona se puso roja y sentí la mano temblar, pero estuve satisfecho con el silencio que le siguió como efecto inmediato.

A partir de marzo el problema fue otro. El ruido nocturno bajó considerablemente, pero, a cambio, empezó el ruido matinal. Todos los días, religiosamente, Camila, la más chica de las hijas de los vecinos, lloraba a las ocho y cuarto de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, y repetía que no quería ir a la escuela. Era un relojito, una alarma. Su llanto era un llanto desconsolado, de telenovela, que, por estar su cuarto justo pegado al nuestro, se escuchaba con total nitidez. Y siempre le seguían las palabras de su madre y de su hermana: Camila, deja de llorar. Así aprendimos su nombre.

Algunas mañanas me la cruzaba a Camila, enana, de uniforme de remera blanca y pollera verde, con una mochila rosa con una imagen de Barbie y cara de enojada. La saludaba con la mano pero ella no me miraba, miraba para abajo. Odia la escuela, me dijo una vez la madre. Yo también la odiaba, respondí con una sonrisa.

Camila pasó a ser un tema para nosotros. Porque no es solo que lloraba todas las mañanas, también lo hacía algunas tardes. ¿Cómo es posible que llore todo el tiempo?, preguntaba Luciana. Es una nena, ¿qué vamos a hacer?, solía responderle. ¿Pero por qué la madre no la calla? No puede ser, decía ella en voz alta, como para que se escuche desde el otro lado de la pared. Nos inventamos teorías que pudieran responder el misterio y la que más no cerraba era que la mujer que creíamos que era su madre no lo fuera, porque el llanto era siempre cuando no estaba el padre, que se iba bien temprano y llegaba tarde. Entrado el año, cuando ese llanto constante y orgulloso ya era un sonido ambiente en nuestro departamento, le dije a Luciana que en algún momento tenía que dejar de llorar. ¿Cuándo?, preguntó. No sé, en algún momento, respondí.  

Otra cosa que hacían seguido, en especial los fines de semana, era hablar con la abuela por lo que creemos era Skype. Abuelaaaaa, gritaban siempre las nietas. La emoción traspasaba la pared. Los padres también hablaban, nosotros desde la cama escuchábamos que le preguntaban por Caracas y cosas del estilo, pero rápidamente poníamos una serie o música para evitar escuchar la conversación ajena.

“Uno nunca termina de conocer a su vecino, pienso. No se puede creer, dijo ella. La verdad que no, respondí”

Un jueves de julio, me acuerdo porque hacía muchísimo frío en la calle, volvíamos con Luciana de cenar después del taller a eso de las once y media de la noche y en la entrada del edificio nos cruzamos con el vecino que estaba atando su bici a un poste. Tenía una campera inflable de un naranja eléctrico, que se veía desde lejos, y en su mano una especie de mochila cuadrada, de esas de repartidor, del mismo color. Lo saludamos y sostuve la puerta para que pase y le vi la cara seria. Pensé que siempre que lo había visto afuera iba serio, pero adentro, con sus hijas, sonreía. De hecho, ahí me di cuenta que con él adentro Camila no lloraba. Subimos el ascensor en silencio y apenas entramos al departamento nos hablamos con los ojos en un instante. Me mató, dijo Luciana. Pensá que tiene que tener dos laburos para bancar a la familia. Sí, dije, y ahí mismo me di cuenta que no sabía nada del vecino. Uno nunca termina de conocer a su vecino, pienso. No se puede creer, dijo ella. La verdad que no, respondí.

“Dijo: quiero volver a Venezuela. La madre se quedó muda, nosotros, al lado, también. Nos miramos en silencio, con los ojos bien abiertos, las caras casi tocándose. Quiero volver a Venezuela y papá no puede llevarme, agregó”

Lo del padre nos pegó. Pero el jab al mentón vino una mañana de septiembre en la que Luciana se sentía mal y no quería salir de la cama. Yo estaba cambiado para salir a trabajar y, después de desayunar, me acerqué al cuarto a preguntarle cómo estaba. Mal, respondió. ¿Qué hora es?, preguntó. Las ocho y doce minutos, respondí. Ahora canta el gallo venezolano, dijo, y yo me dejé caer en la cama para abrazarla. Tengo cinco minutos, dije. Nos quedamos así, acostados, abrazados, cuando del otro lado de la pared empezó el llanto. Esta vez era un llanto más fuerte, más hondo, que los de costumbre. No dijimos nada, nos quedamos en silencio. Camila, ¿qué te pasa? Deja de llorar, dijo la madre. Camila seguía bajo el influjo del llanto incontenible. Casi no podía hablar, pero dijo cuatro palabras que escuchamos clarísimo. Dijo: quiero volver a Venezuela. La madre se quedó muda, nosotros, al lado, también. Nos miramos en silencio, con los ojos bien abiertos, las caras casi tocándose. Quiero volver a Venezuela y papá no puede llevarme, agregó. Pensamos que las palabras habían sido un knock out para la madre, pero después de varios segundos se recuperó. Vamos, vamos, atinó a decir. Pasaron mis cinco minutos y me levanté de la cama y me sentí débil, no de dolor físico, era cómo si me hubieran vaciado por dentro. Tremendo, dije en voz baja, casi en un susurro. Mal, respondió Luciana.

Para noviembre entró más gente en el departamento de al lado. Nos dimos cuenta primero por la multiplicidad de voces que es escuchaban cuando cenábamos y después por hacerlos cuerpo en el hall. Vimos tres personas más. Otra pareja joven y una señora mayor de piel trigueña, rubia de un rubio un poco gastado, anteojos, musculosa, blanca. Cuando salimos del departamento la puerta del C estaba abierta con la señora dándole indicaciones de compras a la nueva pareja, que esperaba el ascensor con dos cajas de cartón vacías en el suelo. Saludamos y la señora nos devolvió un saludo cariñoso acompañado de una sonrisa sincera. Se notaba que estaba cocinando porque había un olor fuerte, como a ajo, que se impregnó en el hall del piso. En eso apareció Camila corriendo y se prendió a la pierna de la señora. Detrás vimos que había bastante revuelo de personas en el departamento. Hola, dijimos con Luciana. Camila miró para abajo enseguida. Di hola a los vecinos, dijo entonces la señora. Camila levantó la vista, nos saludó y volvió a bajar la cabeza. Ahora es tímida, dijo la señora, cómplice. Nosotros nos despedimos y bajamos por la escalera.

Mientras bajábamos Luciana me miró. Es la abuela, dijo. Debe ser, respondí. ¿Viste la cantidad de gente?, pregunté. Eran como nueve y sin contar a los que esperaban el ascensor. Guau, no sé cómo hacen para vivir así, dijo ella. Yo tampoco, entran todos, ese departamento es como el bolso de Mary Poppins.

“Esto era un consejo de Luciana: de noche, llave en mano y abrir rápido, como si la llave fuera el disparo de un pistolero”

Una noche de fin de año a Luciana le dolía la cabeza entonces le dije que iba hasta el Farmacity que está a mitad de la avenida Santa Fe, entre Pueyrredón y Larrea, a comprarle una tableta de ibupirac. Serían pasadas las once de la noche porque ya habíamos cenado. Fui hasta la farmacia y cuando salí con mi bolsita vi que enfrente, cruzando la avenida, estaban los vecinos con sus pedidos en la puerta del McDonald´s. Los reconocí enseguida porque el padre llevaba la campera naranja que resaltaba en la noche, a su alrededor la madre y las dos nenas. Esperé a que se pusiera la luz para cruzar y cuando lo hice los vi avanzar hasta la esquina. Caminé sin apurar el paso detrás, a menos de 50 metros, la cuadra y media que nos separaba hasta nuestro edificio. Las chicas gritaban contentas, los padres les sonreían. A mitad de Larrea vi cómo llegaban a la puerta y los perdí de vista. Enseguida saqué las llaves para no perder tiempo buscándola cuando estuviera enfrente de la puerta. Esto era un consejo de Luciana: de noche, llave en mano y abrir rápido, como si la llave fuera el disparo de un pistolero. Llegué a la puerta y cuando fui a hacer el movimiento automático vi que del otro lado Camila sostenía la puerta. Me miró con una media sonrisa y la ayudé a empujar la puerta hasta la pared para que pudiera pasar. Gracias, dije. Muy bien, Cami, la felicitó la madre, como si su nena hubiera hecho la tarea. Camila corrió hacia su familia, que estaba esperando el ascensor. Cuando apareció, el padre me dijo que subiera yo porque todos no entrabamos. Suban ustedes, dije. Espero.