Donde florece el cuento: la inasible y breve arquitectura de la incredulidad

Imagen de cubierta de la edición que Alianza España realizó en 2002 de El Aleph, de Borges

Por Carlos Reyes Velasco

La narrativa que ocupa espacio en los libreros y los ojos de los lectores usualmente corresponde a novelas de corto, mediano y largo alcance: tabiques de papel y tinta que se erigen como edificios para admirar y empotrarse en la posteridad y los libreros, como catedrales renacentistas o rascacielos que deslumbran a la humanidad como edificaciones que concretan la máxima expresión de la condición humana y que abordan grandes temas en épicas proporciones que perduran para la posteridad en la no permanencia de lo efímero con aspiraciones a la eternidad.

Las grandes narrativas en más de un centenar de páginas ensombrecen en ocasiones las pequeñas cabañas que constituyen la cuentística, donde el formato parece imponer el criterio de lo valioso en cuanto a ventas y atención lectura. Salvo las antologías, revistas y espacios virtuales, ¿dónde florece el cuento como extraña flor para aquellos que distinguen su esencia entre el apabullante perfume de la novelística?

Más de un autor se inició en la ficción escrita con historias modestas en su extensión, pero no en sus ambiciones de contarlo todo en unas cuantas líneas con sentido

Una porción de los lectores entramos a este vicio gozoso con la primer probada de letras en una “tacha” o “churro” de potentes cuentos. Y más de un autor se inició en la ficción escrita con historias modestas en su extensión, pero no en sus ambiciones de contarlo todo en unas cuantas líneas con sentido; y algunos abandonan la artesanía del cuento corto o la novelette para obtener ventas masivas con libros de cientos de páginas. También es cierto que otros escritores jamás tocaron el terreno del cuento, dejando de lado un paso que quizá haría su obra más concisa, directa y libre de “paja”.

La industria editorial de la novela popular como libro-objeto de consumo tuvo su origen en las novelas por entregas que se publicaban en los periódicos y revistas de las sociedades industriales de Primer Mundo o de Tercero con aspiraciones de culta modernidad. Cuando los libros ofrecen después antologías de cuentos y novelas como tales (y no escritas como entes autónomos para distribuirse en librerías), el mercado de trabajo del narrador se amplió y sus aspiraciones dieron prioridad a la búsqueda de La Gran Novela que obtuviera la atención del público, la gracia de la crítica literaria (otra especie naciente de legitimación) y que los sacara de sus apuros económicos (que usualmente va a la par de la capacidad creativa). La caza de La Novela dejó al cuento como presa menor, dado el esfuerzo y recompensas que implicaban uno y otro.

Se requieren verdaderos Masones de la Palabra para edificar obras cortas pero enormes en su alcance como El Aleph, El corazón delator, La sombra sobre Innsmouth, La lotería, El huésped o En las colinas, las ciudades; no importa que algunos albañiles de la prosa prefieran también la ingeniería de las novelas de planos complicados en forma y fondo, el hecho de dejar huella en una escala menor no los hace menos potentes, como portales y puentes que hacen accesible la lectura. Siempre será más asequible subir un cerro que una montaña, y ambos ejercicios dotan de aire fresco al cuerpo y alma.

Construcciones breves pero contundentes como las de Chéjov, Hemingway, Arredondo, Tario, Landsdale, Carter, Bradbury, Cortázar, Rahl, Borges, Rulfo, Arreola, Chimal, Ligotti, Calvino, Dávila, Hammett, Nervo, Highsmith, Bierce, Bukowski, K. Le Guin, Pacheco, Traven, Dick, Valadéz, Kafka y otros profesionales de la cuchara y el cemento narrativo que han dejado su huella en la geografía arquitectónica de la prosa narrativa, construyendo urbes de historias accesibles a todos los dispuestos a cruzar su umbral y sentirse como en su propio hogar.

Algunos practicantes del oficio más antiguo de la palabra escrita, como Clive Barker (autor de los siete tomos de Libros de sangre), dejaron su mejor trabajo en el formato breve y se esfuerzan demasiado en larguísimas novelas que no tienen el mismo impacto de sus prosas cortas. Otros como Edgar Allan Poe (Narración de Arthur Gordon Pym), Juan José Arreola (La feria), Oscar Wilde (El retrato de Dorian Grey) y H. P. Lovecraft (En las montañas de la locura) sólo dejaron un par de novelas cortas que se consideran a la altura de sus cuentos.

Arquitectura efímera de palabras perdurables cuyos edificios no siempre son para habitarse, sino para entregarse a su narrativa de corta duración, pero amplio alcance

Cierto es que algunas de las construcciones más notorias tienen la belleza inacabada de las ruinas, pero esto rara vez sucede con los cuentos, salvo que sea intencional, para que los muros fragmentados resalten su belleza con las piezas faltantes que el lector aporta en lo que se insinúa en pocas páginas: la fantasmagoría de la soledad de El llano en llamas, la imaginación irónica de Historias de cronopios y famas, la ensoñación de las Ficciones o las rutinas “pachechas” de El almuerzo desnudo.

Modelos para armar donde, quien lee, (re)construye en su mente los planos arquitectónicos de quien escribe, en edificaciones efímeras que se generan al colisionar los signos impresos o las palabras sonoras en voz alta, cuyos cimientos y forma se instalan en el terreno mental hasta terminar de disfrutar la obra, la cual se difumina al dejar de invocarse, pero vuelve a existir conforme el sentido de las palabras aparece en cada nueva lectura. Construcciones para contener la magia y lo indecible, como Casas del Asterión habitadas por Minotauros en persecución del hilo de la trama que clones de Teseo desenredan para salir de los laberintos multiversales.

La relatividad de la arquitectura cuentística se pone en duda con micro historias como El dinosaurio de Monterroso, donde su enunciación (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”) abre una caja de Schrödinger donde el gato-dinosaurio existe cuando se le evoca y nombra, dotando a la narración multidimensional de planos demenciales donde infinitos ángeles danzan en la cabeza de un alfiler del tamaño de catedrales como teseractos.

De ahí la fascinación o moda (según los criterios del crítico en ciernes) de las microficciones, donde el arte poético del haikú o la filosofía zen reducen las construcciones narrativas a su mínima expresión y máximo significado, cuya diégesis se pliega en sí misma como el origami, en sintonía con la restricción/libertad de caracteres en redes sociales (¿alguien dijo twitteratura?). Arquitectura efímera de palabras perdurables cuyos edificios no siempre son para habitarse, sino para entregarse a su narrativa de corta duración, pero amplio alcance.

Desconozco, como todas las personas que leemos, cuál será el futuro del cuento; sólo los teóricos, académicos canónicos o los ociosos de oficio se dedicarán a eso. Prefiero gozar de los universos inverosímiles o (im)posibles de la old-school short story, donde unas palabras con su propio sentido rompan mi cotidianidad y la hagan menos mundana. Historias breves como las de mi infancia, repletas de asombro y que invitan a entrar a espacios desconocidos para enfrentar el dragón en la cueva y salir fortalecido o cuando menos entretenido.