Michaux y el doble demonio colérico

Por Adán Medellín (@adan_medellin)

Pocos exploradores del interior, de la antropología del ritual y de los límites físicos y anímicos de la subjetividad entregaron materiales poéticos y gráficos tan desconcertantes en el siglo XX como el escritor belga, nacionalizado francés, Henri Michaux (1899-1984). Quizá sólo a un tipo como él, hiperconciencia poética del chamanismo, de la travesía de la mescalina o de otros elíxires que han puesto a prueba al espíritu humano durante generaciones, se le habría ocurrido escribir, al final de su vida, sobre el fenómeno poltergeist, un tema que roza la parapsicología, la santidad, el espiritismo y la demonología.

Fechado en 1980, Una vía para la insubordinación (Alpha Decay, 2015) es un breve ensayo en cuatro partes que explica “ese suceso perturbador que no puede entenderse sin la intervención de un ente sobrenatural”, como lo acota Javier Calvo en el prólogo de esta traducción española. Un fenómeno material donde resuenan los portazos y el inexplicable movimiento de muebles de las casas embrujadas, los cajones que se abren sin razón, adolescentes con poderes paranormales y demonios que asedian a quienes buscan imponerse mediante suplicios y ascetismos la suprema idea del bien.

El fenómeno vuelve cada generación a la imaginación colectiva y nuestros tiempos no son la excepción, como ejemplo tenemos el reciente éxito del revival de La maldición de Hill House, cortesía de Netflix, serie basada en la novela homónima de Shirley Jackson. Así, en la mente inquieta del ya octogenario poeta Michaux, la teoría de la sensibilidad exacerbada y el ritual doméstico se unen para entregarnos los síntomas de la posesión del otro sobre el uno, identificada con la idea del demonio, de la otredad que es a la vez adversaria interior del sujeto que procura reprimirse.

Para Michaux, el poltergeist rompe por naturaleza toda coerción, toda regla virtuosa del orden familiar y del aburrido y estricto mundo adulto. Su demonio exterioriza la exasperación de la unicidad. Apareciendo entre niños traviesos y muchachas sensitivas, fragmenta la ilusión de unidad en nuestra psique, manifiesta el contacto con el espíritu del mal, con el rebelde interior que vive en nosotros. “Quien se adentre lo bastante en sí mismo”, escribe el poeta, “a duras penas logrará sortear al demonio, concebir sin demonio lo angélico y lo divino es carecer de experiencia” (70).

Y es que el demonio que ocasiona el poltergeist parece activarse con la fuerza de lo femenino, de lo adolescente, de la potencia latente que no ha sido domesticada por la “pesada ley de las cosas” y las normas de la casa paterna. Los fenómenos que desata en los hogares encantados o en los seres que posee son para Michaux “una física de la insubordinación. Una vía directa al psiquismo de las cosas” (34). En el germen de esta posesión del otro sobre el uno, explota toda la tensión de las dicotomías que pelean constantemente en nuestra individualidad: el niño contra el adulto, el hijo contra el padre, la diversión contra la obligación, la insubordinación contra el orden.

Hay en esta expresión de la cólera, en el lanzamiento de cosas y en el ataque a la norma un placer primario, una rabia elemental. No es tanto un deseo de extender la maldad, sino una rebeldía contra el bien. Para Michaux, en el doble que posibilita el poltergeist, hay una parte escindida de la personalidad que experimenta rencor, hostilidad u odio por la personalidad principal (y esto podría ser un guiño anticipado a las secuencias más memorables de Fragmentado, película de M. Night Shyamalan).

El demonio del poltergeist halla su rivalidad más álgida en aquellos y aquellas que aspiran a la santidad o buscan vivir solamente para el bien. Influido por lecturas de hagiografías que lo acompañaron al final de su vida, Michaux repasa a vuelo de pájaro unas cuantas vidas de santos y párrocos que sufrieron en carne propia el ataque demoníaco y los desplantes de ese doble rabioso que se encoleriza ante cualquier emperifollado angélico.

El poeta pintor traza entonces un breve apartado demonológico en que caracteriza, con una mezcla de objetividad e ironía, las acciones de estos seres caprichosos contra toda tendencia a la perfección. Dobles coléricos que ejercen violencia contra los hombres (a modo de golpes y sacudidas) o que buscan apartar con asco, espanto y horror (mediante olores fétidos, visiones de animales asquerosos o rostros horribles, aunque no desdeñan los bofetones) a las aspirantes a santas. Para Michaux, el demonio es ante todo una idealización, una construcción mental, personal, psicológica, que visibiliza la angustia intensa que exponemos contra el orden y la perfección, un doble nacido de nuestro propio espíritu del mal y de la negación del modelo o del bien interior.

Breve y furibundo frente a cualquier simpleza en el mundo espiritual, tratadista de los recovecos de la religión en la experiencia, Michaux mantiene en este libro la obsesión por las travesías interiores y los estados alterados del ser que recreó con valiente plasticidad en sus grandes libros poéticos, sus prosas y sus dibujos repletos de tachaduras que imitan las visiones del alma. Una vía para la insubordinación es así un pequeño hermano colérico, escurridizo y adolescente de la obra del poeta, ese mellizo extraño que se agita y golpetea a ratos, impaciente, detrás del closet, con el mismo impulso que propició los libros más arriesgados de este místico de la psique, un viajero máximo de la sensación del estar siendo.

 

Bibliografía: Henri Michaux, Una vía para la insubordinación, Prólogo de Javier Calvo, Barcelona, Alpha Decay, 2015, 85 páginas.