Feminismo, afrofuturismo y privilegio: la vigencia de “Parentesco”, de Octavia E. Butler

Por Lorena Rojas

El viaje en el tiempo es tema central en la literatura de ciencia ficción desde hace un par de siglos. Hoy día sigue siendo una incógnita que da pie a miles de teorías al respecto, y por supuesto, a miles de historias que siguen despertando el interés y la curiosidad de científicos, lectores, cineastas y narradores –entre otros- de todas partes del mundo.

De ahí la vigencia y el éxito de grandes novelas como El fin de la eternidad, de Asimov o La máquina del tiempo de H.G. Wells, escrita hace más de 100 años y quizá el ejemplo más representativo del género.

Sin embargo, Parentesco, de la escritora afroamericana Octavia E. Butler (Pasadena, EE.UU., 1947), llamada por algunos la Big Mama de la Ciencia Ficción, es una novela que configurada a partir de la premisa de los viajes en el tiempo, se mantiene con poderosa vigencia por más de una razón.

Butler, además de recibir los prestigiosos premios Nébula y Hugo por sus novelas, fue la primera escritora de ciencia ficción en ser nombrada con el título Genius de la Fundación MacArthur en 1995. Y no ha sido para menos porque Parentesco, su obra más aclamada, es una novela que se inserta en distintos estilos, géneros literarios y corrientes críticas, como la ciencia ficción, la fantasía y el feminismo; además de considerarse piedra angular del movimiento afrofuturista.

El afrofuturismo, una corriente artística, cultural y estética que combina elementos de ciencia ficción, ficción histórica, fantasía y realismo mágico con cosmogonías no occidentales, reivindicando con ello la identidad africana[1], es un término acuñado por primera vez en 1994 por el crítico cultural Mark Dery y que fue utilizado precisamente para referirse a la obra de algunos artistas, entre ellos Octavia E. Butler.

Parentesco, publicada en 1979, presenta la historia de Dana, una joven escritora afroamericana que vive en los años setenta y que, sin que ella pueda controlarlo, se verá trasladada a principios del siglo XIX, donde se encuentra con un niño blanco llamado Rufus, quien pone en riesgo su vida constantemente.

En esta historia, a diferencia de algunas antecesoras que se han vuelto clásicos del género como las mencionadas líneas arriba, no hay un dispositivo que permita a los personajes transportarse ni se brindarán detalles precisos sobre las circunstancias que permiten los viajes en el tiempo, razón por la que la misma autora llegó a referirse a su novela como “una siniestra fantasía sin ciencia”[2]; de modo que Dana, descubrirá tal “habilidad” de manera repentina:

Había empezado a sentirme mareada, con náuseas. Veía la habitación borrosa y oscura. Me quedé de pie un momento agarrada a una librería y preguntándome qué me habría pasado, hasta que caí de rodillas. […] Todo se desvaneció. De pronto me encontré al aire libre, arrodillada en el suelo, bajo los árboles […]

Parentesco p. 16.

A partir de entonces, la protagonista comenzará una serie de viajes cuya conexión, de entrada, es sólo Rufus, quien provoca la aparición de Dana cada vez que se siente en peligro de muerte. Por el contrario, la única forma de volver a casa, será cuando ella se encuentre en peligro de muerte. Así, las únicas premisas serán estar lista para desaparecer del presente en cualquier momento, y aguardar a que llegue una situación de peligro en el pasado. Pero esto es mucho más complejo, pues el sentido de “peligro de muerte” se desvanece si ella busca provocarlo intencionalmente. He ahí la paradoja. Además, Dana descubrirá que al volver, lo que para ella fueron días, semanas o hasta años en el siglo pasado, serán apenas minutos u horas en su tiempo de origen.

Con la narración nos daremos cuenta de que Rufus pertenece a una familia de esclavistas en Maryland, de la cual el pronto será la cabeza —siguiendo los pasos de su padre aunque Dana crea en momentos que él puede ser distinto—, y que si Dana se encuentra ahí es porque él y Alice —una mujer negra que nació libre pero que por deseo de Rufus se volverá también su esclava— son sus antepasados. Ella deberá asegurarse de que ambos se mantengan con vida y así, conservar su propia existencia, aunque esto signifique ser omisa ante abusos y torturas cometidos por parte de Rufus, y al sufrimiento de Alice en el que, a pesar de ser empática, no puede intervenir.

De este modo, la trama irá transcurriendo en el ir y venir de la protagonista entre su apartamento de los Ángeles de 1976, donde vive junto a su esposo Kevin –un hombre blanco— como la mujer libre que es, y la vida en la plantación de los Weylin, más de cien años atrás, donde deberá acostumbrarse a ser una esclava  y actuar con la reverencia hacia los blancos que la época exige para no poner su vida en riesgo. Lo que le costará un gran trabajo pues su vida y su manera de relacionarse es radicalmente distinta a la de sus semejantes, más de lo que pensaba.

—¿Por qué intentas hablar como los blancos? —me preguntó Nigel.

—No lo hago —respondí sorprendida—. Quiero decir, esta es mi forma normal de hablar.

—Hablas más como los blancos que muchos bancos.

Parentesco p. 91.

La historia que de por sí resulta muy interesante y mantiene al lector al vilo, es además propositiva y vigente aún en nuestros días, tanto por ser una reconstrucción en primera persona de la barbarie de la esclavitud, como por cuestionar ciertos aspectos de aquella época que se creían zanjados, así como del racismo y la misoginia que la personaje, a partir de sus viajes, nota aún en su tiempo, en medio del movimiento por los derechos civiles en EUA. La novela proporciona también un panorama sobre la vida de las mujeres en ambas épocas mencionadas, sobre todo en aquella anterior a la guerra de secesión, donde las mujeres negras son esclavizadas, abusadas, violadas, y también sometidas al deber de procurar cuidados para los suyos.

Así, tenemos por ejemplo a Sara, quien funge como cocinera tanto de la familia Weylin como de gran parte de los esclavos de la plantación; una esclava que guarda rencor profundo a sus dueños por haber vendido a sus hijos como esclavos a otras plantaciones, con lo que sólo pudo quedarse con Carrie, su única hija.

Aparté la mirada. La expresión de sus ojos había pasado de la tristeza —parecía estar a punto de llorar— a la ira.  Una ira muy queda, casi sobrecogedora. Su marido muerto; tres de sus hijos vendidos; la cuarta con una minusvalía, y ella dando gracias porque era muda. Tenía motivos para sentir algo más que ira. Era impresionante que Weylin hubiera vendido a sus hijos y ella siguiera haciéndole la comida.

Parentesco p. 94.

Por otra parte, el caso de Dana permite observar los contrastes de su contexto con el del resto de los personajes, y dimensionar los niveles de opresión a los que se enfrentan. Tenemos por un lado su relación con Kevin, y que aún en los años setenta es recibida con recelo por parte de sus familias, pues a pesar de la lucha y los cambios sociales de su época, los prejuicios siguen vivos y para ellos la opción más adecuada —la única que les dejan—es llevar su vida juntos, pero alejados del núcleo familiar.

En uno de los viajes temporales, Kevin tiene contacto con Dana, por lo que se transporta con ella. Al llegar, los dos deberán camuflarse en la sociedad de 1820 (aproximadamente), lo que hará aún más evidentes las diferencias que, sobre todo para Kevin, antes no parecían tan relevantes.

—Hay tantas épocas fascinantes a las que podríamos haber regresado…

Yo me reí, sin gota de humor.

—Pues a mí no se me ocurre ninguna, pero esta debe ser la más peligrosa de todas. Para mí al menos.

[…]

—No te separes de mí, y si te llamo, ven rápido.

Asintió y, al cabo de un rato, dijo:

—De todos modos, yo podría sobrevivir aquí… si no me quedara otro remedio. Quiero decir si…

—Kevin, nada de si… Por favor.

—Lo único que quiero decir es que yo no correría aquí el peligro que tú corres.

—No.

Parentesco p. 95.

Con este diálogo, y con los hechos a los que se enfrenta cada uno en la época que visitan, quedarán claras las distinciones entre ambos. Sin embargo, la estadía de Dana en la plantación, además de poner en riesgo su libertad e integridad física, también la contrapone a la situación de quienes pertenecen completamente a ese contexto, a la educación, la vida que llevan y sus destinos.

El lugar que Dana ocupa en la plantación de los Weylin en sus visitas intermitentes —que en ocasiones se alargan más de lo esperado—, es de riesgo, pues aunque la visita con Kevin la “acredita” como negra libre, en casa de ellos deberá trabajar. Además, al volver sin él, no tendrá su protección ni será respetada del mismo modo. Sin embargo, el hecho de presentarse con frecuencia y salvar la vida de Rufus en diversas ocasiones, hace que los Weylin, a pesar del desprecio que ella les provoca, le tengan cierto respeto a su vida, sin que esto la exente del maltrato y las labores forzadas.

En el caso de Tom Weylin, padre de Rufus y dueño inicial de la plantación, el desprecio hacia Dana está mezclado con el miedo, pues sabe que hay algo raro en ella, y eso se lo demuestran especialmente las habilidades y conocimientos que la mujer tiene, a pesar de ser negra, y que ni él ni nadie de su época posee.

Esto lo notamos en un pasaje de la novela que la vincula especialmente con nuestros días: las enfermedades que enfrenta la población en su época. A mediados del siglo XIX, todavía se extendían varias enfermedades que tenían un origen remoto y para las que pasaron muchos años, estudios y muertos antes de encontrar una cura. En la novela se presentan algunas de ellas, que son simplemente llamadas “las fiebres” y que, en el mejor de los casos, son mal atendidas por un médico del poblado; sin embargo, en uno de los viajes de Dana se especifica un caso, el cual ella podrá sacar adelante sin tener más que conocimientos médicos –e históricos— generales, lo que le gana la admiración y el temor de la gente a su alrededor, especialmente de los Weylin.

Tras sacar adelante a Rufus de ese episodio de “fiebres”, se le asigna cuidar a otros miembros de la familia o de la casa en distintas ocasiones, lo que la aleja de otros trabajos más severos, pero también le crea expectativas que no siempre puede cumplir, y cuando falla es castigada cruelmente.

Por otro lado, para la comunidad de esclavos, su cercanía a la casa de los patrones hace que la vean con recelo, pues aunque con algunos entabla amistad solidaria, no todos reciben con buenos ojos su posición privilegiada en comparación con ellos. Este es el caso de Alice, uno de los personajes más interesantes debido a su valentía y rebeldía a pesar del sufrimiento al que es sometida. Con ella, a pesar de la cercanía, Dana nunca logra congeniar del todo, pues ésta la ve como una amiga de los blancos, especialmente cuando, obligada, realiza labores de cuidado para la dueña de la casa, Margaret Weylin.

—Tendrías que verte —me dijo Alice un día que había ido a refugiarme a su cabaña, la que Rufus había mandado a construir a Nigel justo antes de que diera a luz su primer hijo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—El señor Rufe te ha metido el temor de Dios, ¿verdad? […] Vas por ahí haciendo mandados de esa mujer como si la adorases. Y lo único que hizo falta para convencerte fue medio día en el maizal.

—Demonios, Alice, déjame en paz. Llevo toda la mañana escuchando bobadas. No me hacen falta las tuyas.

—Si no me quieres escuchar, largo de aquí. Ver como andas siempre lamiendo el culo a esa mujer haría vomitar a cualquiera.

Parentesco p. 265.

Este tipo de disputas y comportamientos son las que provocan que Dana se entere que la apodan “negra blanca”, y que constituye uno de los dilemas centrales para el desarrollo del personaje principal. Sobre esto, hay un punto clave en la narración que expone el problema real, más allá del privilegio que tiene Dana al estar temporalmente ahí y obtener cierta ventaja por su conocimiento del mundo. Esto ocurre mediante una interacción con el personaje de Carrie:

Creo que ya sé por qué algunos piensan que soy más blanca que negra.

Carrie empezó a hacer gestos con las manos como para apartar esas palabras mías. Su expresión era de enfado. Se acercó a mí y me frotó una mejilla con los dedos, me frotó fuerte. Yo me retiré y ella mantuvo los dedos por enfrente de mis ojos y me los mostró por un lado y por otro. Pero esta vez no logré entenderla.

Frustrada, me cogió la mano y me llevó adonde estaba Nigel cortando leña. Allí, delante de él, repitió el gesto de frotarme la cara con los dedos y el asintió.

—Dice que no se quita, Dana —explicó con dulzura—. El negro. Se enfada mucho con la gente que dice cosas de ti que no son verdad.

Parentesco p. 270.

Con estos ejemplos, podemos notar la clara intención de Octavia Butler por poner sobre la mesa dilemas raciales que, aún en nuestro tiempo tienen cabida y que en la época de publicación de la novela se encontraban en discusión; configurando, mediante herramientas de la fantasía y la ciencia ficción una novela social e histórica dolorosa y necesaria.

Con esta narración, Butler recoge los fundamentos del feminismo negro de la segunda ola, el de las llamadas “madres fundadoras” —entre ellas Sojourner Truth— que en el marco del movimiento sufragista en EUA, remarca la necesidad de nombrar el eje colonialista de la lucha.

Hoy en día, el eje principal del afroactivismo, y especialmente el afrofeminismo, tiene como base la preocupación por la igualdad de género y la reivindicación del autorreconocimiento étnico y racial, la consciencia de la herencia africana[3]. Algo que ya Ángela Davis pone en praxis con la interseccionalidad de género, raza y clase como pilares de lucha.

De este modo, Parentesco constituye, desde la ciencia ficción y como pilar del afrofuturismo, una lectura básica para dimensionar la importancia de la historia y la genealogía de la lucha por los derechos de la población afroamericana, especialmente de las mujeres, desde la mirada de una escritora que se definía como “una feminista, una negra, y por último, baptista, con una combinación imposible de ambición, pereza, inseguridad, certidumbre e impulso espontáneo.” Una mujer que merece, sin duda, ser aún más leída y valorada por las y los lectores de nuestro tiempo.

 

Bibliografía: Butler, Octavia E., Parentesco, Capitán Swing, España, 2018.

 

[1] Esteve, Ferran, “Afrofuturismo, Ciencia Ficción e identidad africana”, CCCBLAB, 2016 (http://lab.cccb.org/es/afrofuturismo-ciencia-ficcion-e-identidad-africana/)

[2] Crossley, Robert (2003) Critical Essay. Beacon Press, ed. Kindered: 25th Anniversary Edition. Boston. Pp 267-268.

[3] https://afrofeminas.com/2019/09/30/breve-introduccion-al-afrofeminismo-para-personas-no-afro-parte-i/

*Lorena Rojas es una colaboradora talentosa y desafiante cuyas ideas causan empatía y relfexión en más de una ocasión. Te invitamos a seguirla en Twitter (@olaenlamar), donde podrás encontras más de ella.