La chica diente de león: Traducción del cuento original de Robert F. Young

La chica diente de león

Por Robert F. Young

Traducción del inglés por Santiago Rubín de Celis

La chica en la colina hizo pensar a Mark en Edna St. Vincent Millay. Quizá era por el modo en el que estaba parada bajo el sol del mediodía, con su cabello tonalidad diente de león bailando en el viento, quizá era por el modo en el cual su vestido blanco pasado de moda daba vueltas alrededor de sus largas y esbeltas piernas. En cualquier caso, tuvo la impresión de que de algún modo ella había salido del pasado, lo cual era extraño, ya que resultó que no era del pasado de dónde provenía, sino del futuro.

Se detuvo alguna distancia detrás de ella, con la respiración agitada por la subida. Ella aún no lo había visto, y él se preguntaba cómo podría hacer notar su presencia sin alarmarla. Mientras intentaba tomar una decisión, sacó su pipa, la llenó y la encendió poniendo sus manos alrededor de la boquilla, soplando hasta que el tabaco comenzó a brillar. Cuando volteó a verla nuevamente, ella se había dado la vuelta y lo miraba curiosamente.

Caminó hacia ella lentamente, plenamente consciente de la cercanía del cielo, disfrutando de la sensación del viento contra su cara. Se dijo a si mismo que debería dar paseos en la montaña más seguido. Había estado vagando a través del bosque cuando se topó con la colina, y ahora los bosques estaban lejos, detrás y por debajo de él, quemándose gentilmente con las primeras llamas pálidas del otoño, y más allá del bosque estaba el pequeño lago con su complementaria cabaña y muelle para pescar. Cuando su esposa había sido inesperadamente convocada para formar parte de un jurado, se había visto forzado a pasar solo las dos semanas que había guardado de sus vacaciones de verano. Había estado llevando una existencia solitaria, pescando en el muelle durante el día y leyendo durante las frescas noches frente a la gran chimenea de la sala, pero después de dos días la rutina lo había envuelto y había salido a caminar en el bosque sin ninguna dirección o propósito, así fue como llegó a la colina y vio a la chica.

Sus ojos eran azules, se dio cuenta al acercarse a ella, tan azules como el cielo que enmarcaba su delgada silueta. Su cara era ovalada y joven, y suave, y dulce. Evocaba un déja vu tan agudo que tuvo que resistir el impulso de extender sus manos y tocar su mejilla besada por el viento, y a pesar de que su mano no se movió, sintió las puntas de sus dedos hormiguear.

Tengo cuarenta y cuatro años, pensó asombrado, y ella a duras penas más de veinte. ¿En qué diablos estoy pensando?

“¿Estás disfrutando de la vista?” preguntó en voz alta.

“Oh, sí,” contestó ella, y se volteó hacia él, formando un semicírculo con su brazo entusiásticamente “¿Acaso no es maravilloso?”

Él siguió su mirada, “Si, lo es” contestó. Debajo de ellos el bosque comenzaba de nuevo, y después se esparcía por las tierras bajas en cálidos colores otoñales, rodeando pequeñas aldeas a varios kilómetros de distancia, y finalmente se desvanecía antes de los primeros asentamientos de la frontera suburbana. En la lejanía, la neblina suavizaba la serrada silueta de Cove City, dándole el aspecto de un castillo medieval, haciéndolo todo más cercano a un sueño que a una realidad. “¿También eres de la ciudad?” preguntó él.

“De cierta forma” contestó ella, y le sonrió “Soy de la Cove City de doscientos cuarenta años en el futuro.”

La sonrisa le dijo que ella realmente no esperaba que le creyera, pero que sería lindo si pretendiera hacerlo. Él también sonrió “¿Eso sería en el 2201 D.C. cierto? Imagino que el lugar habrá crecido enormemente para entonces.”

“Oh, lo ha hecho” dijo ella “Ahora es parte de una megalópolis y se extiende todo el camino hacia allá” dijo apuntando a una franja del bosque bajo sus pies. “La calle dos mil cuarenta atraviesa esa arboleda de arces” continuó “Y, ¿Ve ese grupo de langostas por allá?”

“Si” contestó él “Las veo.”

“Ahí es donde se encuentra la nueva plaza. Su supermercado es tan grande que toma medio día atravesarlo, y puedes comprar casi cualquier cosa en él, desde aspirinas hasta aerocarros. Y a lado del supermercado, donde se encuentra ese grupo de hayas, hay una tienda de vestidos muy grande, llena de las creaciones más recientes de los modistas más importantes. Ahí compré este vestido que estoy usando, justo esta misma mañana. ¿Acaso no es hermoso?”

Si lo era, era porque ella lo hacía hermoso, aun así, él lo miro educadamente. Estaba hecho de un material con el que no estaba familiarizado, un material aparentemente compuesto de algodón de azúcar, espuma de mar, y nieve. Ya no había límite a los materiales sintéticos que podían crear los fabricantes de telas y fibras milagrosas (ni, al parecer, a los cuentos fantásticos que podían ser creados por las chicas jóvenes). “Supongo que llegaste aquí con una máquina del tiempo.” Dijo él.

“Si, mi padre inventó una.”

Él la miró de cerca, nunca había visto una cara tan inocente “¿Y vienes por aquí muy seguido?”

“Oh, sí, esta es mi coordenada espacio-tiempo favorita. A veces me paro aquí por horas y miro, y miro, y miro. Un día antes de ayer vi a un conejo, y ayer a un ciervo, y hoy, a usted.”

“¿Pero como puede haber un ayer?” preguntó Mark, “¿Si siempre regresas al mismo punto en el tiempo?”

“Ah ya veo a lo que se refiere,” dijo ella. “Es porque la máquina es afectada por el tiempo, al igual que cualquier otra cosa, y tienes que configurarla veinticuatro horas antes si quieres mantener exactamente la misma coordenada. Yo nunca lo hago porque prefiero ver un día diferente cada vez que regreso.”

“¿Tu padre nunca viene contigo?”

Por encima de ellos, una bandada de gansos en volando en forma de “V” flotaba flojamente a la deriva, y ella la observó por un tiempo antes de contestar. “Mi padre está inválido ahora,” dijo finalmente. “A él le gustaría mucho venir si pudiera. Pero yo le digo todo lo que veo,” añadió rápidamente, “y es casi lo mismo que como si viniera. ¿No lo cree?”

Había una expectación en la forma en que ella lo miraba que tocaba su corazón. “Estoy seguro de que lo es,” dijo él entonces, “Debe ser maravilloso tener una máquina del tiempo.”

Ella asintió solemnemente. “Son una bendición para aquellos que disfrutan de visitar prados agradables, en el siglo XXIII ya no quedan muchos prados agradables.”

Él sonrió. “Tampoco hay muchos en el siglo XX. Supongo que podrías decir que este es una especie de objeto de colección. Debería visitarlo más seguido.”

“¿Vive cerca de aquí?” preguntó ella.

“Me estoy quedando en una cabaña como tres millas más atrás. Se supone que estoy de vacaciones pero no son la gran cosa. Mi esposa fue convocada para formar parte de un jurado y no pudo venir conmigo, y como no podía posponer el viaje acabé siendo una especie de Thoureau renuente. Mi nombre es Mark Randolph.”

“Yo soy Julie,” dijo ella. “Julie Danvers.”

El nombre le quedaba bien. Del mismo modo en que el vestido blanco le quedaba bien, el mismo modo en el que el cielo azul le quedaba bien, y la colina, y el viento de Septiembre. Probablemente vivía en la aldea pequeña del bosque, pero eso no importaba realmente. Si ella quería pretender que era del futuro eso estaba bien con él. Lo único que importaba era la manera en la que él se había sentido cuando la vio por primera vez, y la ternura que lo embargaba cada vez que miraba su gentil rostro. “¿Qué clase de trabajo realizas Julie?” preguntó. “¿O quizá sigues aún en la escuela?

“Estoy estudiando para ser secretaria,” respondió. Tomó un medio paso adelante e hizo una bonita pirueta, y juntó sus manos frente a ella. “Me encantará ser secretaria,” continuó. “Trabajar en una compañía grande e importante y tomar nota de las cosas que dicen las personas importantes debe ser simplemente maravilloso. ¿Señor Randolph, le gustaría que fuera su secretaria?”

“Me gustaría mucho” dijo él. “Mi esposa fue mi secretaria algún tiempo, antes de la guerra. Así es como nos conocimos.” Se preguntó a si mismo porque había mencionado eso.

“¿Y fue una buena secretaria?”

“La mejor, lamenté haberla perdido, pero al perderla en un sentido la gané en otro, así que supongo que realmente no puedo llamar a eso haberla perdido.”

“No, supongo que no. Bueno, debería regresar ahora señor Randolph. Papá querrá escuchar todas las cosas que vi, y tengo que prepararle la cena.”

“¿Estarás aquí mañana?”

“Probablemente, he estado viniendo aquí todos los días. Adiós por ahora, señor Randolph.”

“Adios, Julie” dijo él.

La vio correr fácilmente colina abajo y desaparecer en la arboleda de arces donde, doscientos cuarenta años en el futuro, se encontraría la calle dos mil cuarenta. Él sonrió. Qué chica más encantadora, pensó. Debe ser emocionante tener un sentido del asombro tan incontenible, tanto entusiasmo por la vida. Él podía apreciar esas dos cualidades claramente porque a él se le habían negado. A los veinte había sido un solemne joven estudiando leyes, a los veinticuatro tenía su propio despacho, y a pesar de que era pequeño lo ocupaba completamente, bueno, no tan completamente. Cuando se casó con Anne hubo un breve periodo en el cual ganarse la vida había perdido algo de su urgencia. Y después, cuando llegó la guerra, había habido otro periodo—mucho más largo esta vez— en el cual ganarse la vida parecía un objetivo remoto, a veces casi despreciable. Sin embargo, después de su regreso a la vida civil la urgencia había regresado con mucha más fuerza que antes, más porque ahora tenía un hijo y una esposa que mantener, y desde entonces había estado ocupado, a excepción de las cuatro semanas que hasta hace poco se permitió a si mismo tomar cada año, dos de las cuales las pasaba con Anne y Jeff en el complejo vacacional de su elección, y dos que pasaba con Anne en su cabaña del lago, después de que Jeff regresaba a la universidad. Este año sin embargo, estaba pasando las segundas dos semanas solo. Bueno, quizá no tan solo.

Su pipa se había apagado hace un tiempo, ni siquiera se había dado cuenta. La encendió nuevamente, aspirando profundamente para combatir al viento, y entonces descendió la colina y comenzó a adentrarse en el bosque para regresar a la cabaña. El equinoccio de otoño había llegado, y los días eran notablemente más cortos. Éste ya estaba casi completamente acabado, y la humedad del atardecer ya había comenzado a envolver el aire.

Caminó lentamente, y el sol ya se había puesto para cuando llegó al lago. Era un lago pequeño, pero profundo, y los árboles llegaban hasta la orilla. La cabaña estaba a algo de distancia de la orilla, entre un grupo de pinos, y un camino serpenteante la conectaba al muelle. Detrás de ella, una entrada hecha de grava llevaba a un camino de tierra que daba acceso a la carretera. Su camioneta estaba cerca de la puerta trasera, lista para devolverlo a la civilización en cualquier momento.

Preparó y comió una cena simple en la cocina, y después fue a la sala a leer. El generador en el cobertizo zumbaba intermitentemente, pero fuera de eso la noche estuvo libre de los sonidos usuales de los cual el hombre es heredero. Seleccionó una antología de poesía americana del librero bien provisionado cerca de la chimenea, se sentó y leyó hasta llegar a “Atardecer en una Colina”. Leyó el preciado poema tres veces, y cada vez que lo leía la veía ahí, parada bajo el sol, su cabello danzando en el viento, su vestido arremolinándose como nieve alrededor de sus largas y hermosas piernas; y se le hacía un nudo en la garganta, y no podía tragar.

Regresó el libro al librero y salió al rústico pórtico donde llenó su pipa y la encendió. Se forzó a sí mismo a pensar en Anne, y logró enfocarse en su rostro—la firme pero gentil barbilla, los ojos cálidos y llenos de compasión, con ese extraño destello de miedo en ellos que nunca había podido analizar, sus suaves mejillas, su gentil sonrisa— y cada atributo se hacía más atractivo por el recuerdo de su vibrante cabello color castaño claro, y de su alta y elegante figura. Como siempre era el caso cuando pensaba en ella, se encontró a si mismo maravillándose de su atemporalidad, preguntándose cómo es que a través de tantos años seguía viéndose tan hermosa como lo había sido esa mañana hace tanto tiempo, cuando él había levantado la mirada, se había sobresaltado y la había visto parada tímidamente frente a su escritorio. Era inconcebible que apenas veinte años después estuviera esperando ansiosamente una cita con una chica con mucha imaginación, que era lo suficientemente joven como para ser su hija. Bueno, no estaba esperando ansiosamente, no realmente al menos, se había dejado arrastrar por un momento, eso era todo. Por un momento su equilibrio emocional lo había abandonado, y había titubeado. Ahora tenía la cabeza donde pertenecía, y el mundo había regresado a su órbita sensata y cuerda.

Apagó su pipa y regresó adentro. En su recamara se desvistió, se metió entre las cobijas y apagó la luz. El sueño tendría que haber venido fácilmente, pero no lo hizo, y cuando finalmente llegó, vino en fragmentos entremezclados con sueños tentadores.

“Un día antes de ayer vi a un conejo,” había dicho ella, “y ayer a un ciervo, y hoy, a usted.”


La segunda tarde ella llevaba un vestido azul, y un pequeño moño azul para combinar en su cabello color diente de león. Después de subir la cuesta de la colina, se quedó parado por un tiempo, sin moverse, esperando a que el nudo en su garganta desapareciera, y entonces se acercó y se colocó a un lado de ella, en el viento. Pero la suave curvatura de su garganta y su barbilla causaron que el nudo regresara, y cuando ella se volteó y dijo, “Hola, no pensé que vendría,” tomó un largo tiempo antes de que pudiera responder.

“Pero lo hice,” dijo finalmente, “y tú también.”

“Si,” dijo ella. “Me alegro.”

Una formación rocosa cercana formaba una especie de banca, y se sentaron en ella, y observaron el paisaje. Él llenó su pipa, la encendió y sopló el humo al viento. “Mi padre fuma pipa también,” dijo ella, “y cuando la enciende también coloca las manos de la misma manera que usted lo hace, incluso cuando no hay viento. Usted y él son parecidos en muchas maneras.”

“Cuéntame sobre tu padre,” dijo él. “Cuéntame sobre ti misma también.”

Y así lo hizo, le dijo que tenía veintiún años, que su padre era un físico retirado que trabajaba para el gobierno, que vivía en un pequeño apartamento en la calle dos mil doscientos cuarenta, y que se había encargado de la casa y de él desde que su madre murió hace cuatro años. Después él le contó a ella sobre sí mismo y sobre Anna y Jeff, sobre como pretendía que Jeff se volviera su socio en el despacho algún día, sobre la fobia que tenía Anne hacia las cámaras, sobre cómo se había rehusado a que tomaran su foto el día de su boda, y como seguía rehusándose hasta ahora, sobre el maravilloso tiempo que habían pasado los tres en el viaje de campamento que habían hecho el verano pasado.

Cuando él terminó, ella dijo, “¡Qué maravillosa familia tiene, mil novecientos sesenta y uno debe ser un año maravilloso en el que vivir!”

“Con una máquina del tiempo a tu disposición podrías mudarte aquí en cuanto tu quisieras.”

“No es tan sencillo. Incluso si dejara de lado el hecho de que jamás se me ocurriría abandonar a mi padre, también se debe tomar a la policía del tiempo en consideración. Porque verá, los viajes en el tiempo están limitados a los miembros de expediciones históricas patrocinadas por el gobierno, y están prohibidos para la población general.”

“Parece que a ti te ha ido bien hasta ahora.”

“Eso es porque mi padre inventó su propia máquina del tiempo, y la policía del tiempo no sabe sobre ella.”

“Pero aun así estás rompiendo la ley.”

Ella asintió con la cabeza. “Pero solo ante sus ojos, solo bajo su concepción del tiempo. Mi padre tiene su propio concepto.”

Era tan agradable escucharla hablar que realmente no importaba sobre qué fuera, y él quería que siguiera hablando, no importa lo inverosímil que fuera el tema. “Cuéntame sobre eso,” dijo él.

“Primero le contaré sobre el concepto oficial. Aquellos que lo apoyan dicen que nadie del futuro debería participar físicamente en cualquier cosa que haya ocurrido en el pasado, porque su mera presencia podría constituir una paradoja, y eventos en el futuro tendrían que ser alterados para que la paradoja pudiera ser asimilada. Consecuentemente, el Departamento de Viajes Temporales se asegura que solo personal autorizado tenga acceso a sus máquinas del tiempo, y mantiene una fuerza policiaca para aprehender a aquellos que quieren saltar entre generaciones, aquellos que anhelan un modo más simple de vida, y que se disfrazan a sí mismos como historiadores para poder regresar permanentemente a una época distinta.

“Pero bajo el concepto de mi padre, el libro del tiempo ya ha sido escrito. Según mi padre, desde un punto de vista macro cósmico, cualquier cosa que vaya a suceder, ya ha sucedido. Entonces, si una persona del futuro participa en un evento del pasado, se vuelve parte de ese evento—por la simple razón de que ya era parte de ese evento en primer lugar— y no es posible que una paradoja nazca a partir de ello.”

Mark tomó una larga bocanada de su pipa, lo necesitaba. “Tu padre suena como una persona bastante singular,” dijo él.

“¡Oh, lo es!” El entusiasmo profundizaba lo rosado de sus mejillas, volvía más brillante el azul de sus ojos. “¡No creería la cantidad de libros que ha leído señor Randolph, nuestro apartamento está lleno de ellos! Hegel, Kant y Hume; Einstein, Newton y Weizsäcker. Incluso-incluso he leído algunos yo misma.”

“Ya lo creo, de hecho, yo también lo he hecho.”

Ella lo miró a la cara fascinada. “Que maravilloso señor Randolph,” dijo ella. “¡Apuesto a que tenemos muchísimos intereses mutuos!”

La conversación que siguió probó definitivamente que en efecto los tenían—aunque la estética trascendental, el Berkelianismo y la relatividad eran temas de discusión algo estrafalarios entre un hombre y una chica en la cima de una colina en Septiembre, incluso cuando el hombre tuviera cuarenta y cuatro años y la chica veintiuno.—su animada discusión de la estética trascendental hizo más que provocar conclusiones a priori y a posteriori, también provocó estrellas microcósmicas en sus ojos, su conversación sobre Berkeley hizo más que señalar las debilidades inherentes en la teoría del buen obispo, también señaló lo rosado de sus mejillas, y su revisión de la teoría de la relatividad hizo más que demostrar que E invariablemente es igual a mc2, también demostró que más allá de ser un impedimento, el conocimiento es una ventaja para los encantos femeninos.

El encanto del momento permaneció mucho más tiempo del que tenía derecho a hacerlo, y aún estaba con él cuando se fue a la cama. Esta vez ni siquiera intentó pensar en Anne, sabía que no serviría de nada. En lugar de eso se quedó acostado en la oscuridad y se dejó llevar por cualquier pensamiento aleatorio que llegara—y todos ellos tenían que ver con la cima de una colina en Septiembre y una chica con cabello color diente de león.

Un día antes de ayer vi a un conejo, y ayer a un ciervo, y hoy, a usted.”

La mañana siguiente condujo hasta la aldea y revisó en la oficina postal si tenía correo. No tenía. No estaba sorprendido. A Jeff, al igual que a él, no le gustaba escribir cartas, y Anne, por el momento estaba probablemente incomunicada. En cuanto a su oficina, le había prohibido a su secretaria molestarlo a menos que fuera algo realmente urgente.

Debatió consigo mismo sobre preguntar al viejo cartero si había alguna familia apellidada Danvers viviendo en el área, pero al final decidió no hacerlo. Hacerlo habría implicado desvirtuar la elaborada estructura imaginaria que Julie había construido, e incluso si no creía en la validez de la estructura no era capaz de destruirla.

Esa tarde llevaba puesto un vestido amarillo del mismo tono que su cabello, y una vez más se le hizo un nudo en la garganta cuando la vio, y una vez más no pudo hablar. Pero cuando ese primer momento pasó y regresaron las palabras todo estuvo bien, y los pensamientos de ambos fluyeron juntos como dos riachuelos efervescentes y viajaron alegremente a través del arroyo de la tarde. Esta vez fue ella quien, cuando partieron preguntó, “¿Estará aquí mañana?” —aunque solo porqué robó la pregunta de sus propios labios—y sus palabras cantaron en sus oídos todo el camino de regreso, desde el bosque a su cabaña, y lo arrullaron hasta dormir después de pasar la tarde con su pipa en el pórtico.

La tarde siguiente cuando subió a la colina la encontró vacía. Al principio su decepción lo entumeció, y después pensó, “Viene retrasada, eso es todo”. Probablemente aparecerá en cualquier momento. Y se sentó en la banca de granito a esperar. Pero ella nunca llegó. Pasaron los minutos—las horas. Las sombras salieron de entre los bosques y subieron hasta la mitad de la colina. El aíre se volvía cada vez más frío. Finalmente se rindió y regresó miserablemente a su cabaña.

La siguiente tarde tampoco apareció. Ni la siguiente. No podía comer ni dormir. Pescar perdía su interés. Ya no podía leer. Y todo el tiempo se odiaba a sí mismo—se odiaba por comportarse como un niño enamorado, por reaccionar como cualquier otro tonto en sus cuarentas a una cara bonita y a un par de piernas atractivas. Hasta hace unos pocos días jamás había ni siquiera mirado a otra mujer, y ahora, en menos de una semana no solo había mirado, sino que se había enamorado de ella.

La esperanza había muerto dentro de él cuando subió a la colina el cuarto día—Y súbitamente revivió cuando la vio parada bajo el sol. Esta vez llevaba un vestido negro, y debió haber adivinado la razón de su ausencia, pero no lo hizo—No hasta que se acercó a ella y vio las lágrimas en sus ojos y el temblar de su labio. “¿Julie, que sucede?”

Ella se aferró a él mientras sus hombros temblaban, y presionó su cara contra su abrigo. “Mi padre murió,” dijo, y de alguna manera él sabía que estas eran sus primeras lágrimas, que había pasado el velatorio y el funeral sin derramar ninguna lágrima, y que no se había derrumbado hasta ahora.

Gentilmente colocó sus brazos alrededor de ella. Nunca la había besado, y no la besó ahora, no realmente. Sus labios acariciaron su frente y brevemente tocó su cabello—eso fue todo. “Lo siento Julie,” dijo. “Sé cuánto significaba él para ti.”

“Él supo todo el tiempo que estaba muriendo,” dijo ella. “Debe haberlo sabido desde el experimento  con estroncio 90 que condujo en el laboratorio. Pero nunca le dijo a nadie—Ni siquiera me dijo a mi… ya no quiero vivir. Sin él ya no queda nada por lo que vivir— ¡Nada, nada, nada!”

Él la abrazó más fuerte. “Encontrarás algo Julie. A alguien. Aún eres joven. Realmente aún eres una niña.”

Ella hizo su cabeza hacia atrás y lo miró con sus ojos ahora súbitamente libres de lágrimas. “¡No soy una niña! ¡No te atrevas a llamarme una niña!”

Sobresaltado, la dejó ir y dio un paso atrás. Nunca antes la había visto enojada. “No quería decir que-“comenzó a decir.

Su enojo fue tan evanescente como lo fue abrupto. “Sé que no pretendía herir mis sentimientos señor Randolph. Pero no soy una niña, de verdad no lo soy. Prométame que nunca me llamará una de nuevo.”

“Está bien,” dijo él. “Lo prometo.”

“Y ahora debo irme,” dijo ella. “Tengo mil cosas que hacer.”

“¿Esta…rás aquí mañana?”

Ella lo miró un largo tiempo. Una llovizna, como al final de una lluvia de verano, hizo que sus ojos azules brillaran. “Las máquinas del tiempo se averían, “dijo ella. “Tienen partes que deben ser reemplazadas—Y yo no sé cómo reemplazarlas. Nuestra—mi máquina puede que aun funcione para un viaje más, pero no estoy segura.

“¿Pero intentarás venir, verdad?”

Ella asintió con la cabeza. “Si, lo intentaré. ¿Señor Randolph?”

“¿Si Julie?”

“En caso de que no lo logre—Y para dejar constancia—lo amo.”

Ella se fue entonces, corriendo colina abajo, y un momento después desapareció entre la arboleda de maples. Sus manos estaban temblando cuando encendió su pipa, y el cerillo quemó sus dedos. Después de eso no pudo recordar el regreso a la cabaña, o preparar la cena, o irse a la cama, pero debió hacerlo, porque despertó en su propia habitación y cuando fue a la cocina había platos sucios en el fregadero.

Lavó los platos y preparó café. Pasó la mañana pescando en el muelle, manteniendo su mente en blanco. Enfrentaría la realidad más tarde, por ahora era suficiente para él saber que ella lo amaba, que en unas pocas horas la vería de nuevo. Seguramente incluso una máquina del tiempo averiada no debería tener problemas transportándola desde la aldea a la colina.

Llegó  temprano y se sentó en la banca de granito, esperando a que ella saliera de entre los árboles y subiera la colina. Podía sentir el golpeteo de su corazón y sabía que sus manos estaban temblando.  Un día antes de ayer vi a un conejo, y ayer a un ciervo, y hoy, a usted.”

Esperó y esperó, pero ella nunca llegó. Tampoco llegó al día siguiente. Cuando las sombras comenzaron a alargarse y el aire empezó a enfriarse descendió la colina y se metió entre la arboleda de maples. Encontró un camino y lo siguió a través del bosque hasta llegar a la aldea. Se detuvo en la pequeña oficina de correos y revisó si había llegado algo para él. Después de que el viejo cartero le dijera que no había nada para él, permaneció ahí por un momento. “¿Hay—hay alguna familia apellidada Danvers viviendo en algún lugar cerca de aquí?” preguntó.

El cartero negó con la cabeza. “Jamás he escuchado ese nombre”.

“¿Ha habido algún funeral en el pueblo recientemente?”

“No por más de un año.”

Después de eso, a pesar de que visitó la colina cada tarde hasta que sus vacaciones terminaron, sabía en su corazón que ella nunca regresaría, y que la había perdido completamente. Por las noches iba a la aldea, esperando desesperadamente que el cartero estuviera equivocado, pero no vio ningún rastro de Julie, y la descripción de ella que daba a las personas con las que se topaba solo provocaba respuestas negativas.

A principios de octubre regresó a la ciudad. Hizo lo posible para actuar frente a Anne como si nada hubiera pasado entre ellos, pero ella parecía saber que algo había cambiado desde el primer minuto en que lo vio. Y aunque no hizo ninguna pregunta se volvió cada vez más callada conforme pasaban las semanas, y el miedo en sus ojos que siempre le había consternado se volvió cada vez más pronunciado.

Comenzó a ir al campo los domingos por la tarde para visitar la colina. El bosque era dorado ahora, y el cielo era incluso más azul de lo que había sido hace un mes. Se sentó en la banca de granito por horas, mirando fijamente el lugar donde había desaparecido. Un día antes de ayer vi a un conejo, y ayer a un ciervo, y hoy, a usted.

Entonces, en una noche lluviosa a mediados de noviembre, encontró la maleta. Era de Anne, y la encontró por accidente. Había ido a la ciudad a jugar bingo, y tenía la casa para él. Después de pasar dos horas viendo cuatro programas de televisión agotadores, recordó los rompecabezas que había guardado el invierno pasado.

Desesperado por hacer algo—lo que fuera—para dejar de pensar en Julie, subió al ático por ellos. La maleta cayó de un estante mientras estaba hurgando entre las varias cajas apiladas a un lado, y el golpe la abrió cuando tocó el suelo.

Se agachó para recogerla. Era la misma maleta que llevaba con ella cuando llegaron al pequeño apartamento que rentaron después de casarse, y recordó como siempre lo había mantenido cerrado, y recordó cómo le dijo riéndose que había algunas cosas que una esposa tenía que mantener en secreto incluso de su marido. El candado se había oxidado a lo largo de los años, y la caída lo había roto.

Empezó a cerrar la maleta, pero se detuvo cuando vio la orilla de un vestido blanco saliendo de ella. El material era vagamente familiar. Había visto material similar a este no hace mucho tiempo—material que traía a la mente algodón de azúcar, espuma de mar y nieve.

Levantó la tapa de la maleta y recogió el vestido con manos temblorosas. Lo tomó de los hombros y dejó que se desenrollara por sí mismo, hasta que quedó colgando en la habitación como nieve cayendo gentilmente. Lo miró por un largo tiempo, con un nudo en la garganta. Después, tiernamente, lo dobló de nuevo, lo regresó a la maleta y cerró la tapa. Regresó la maleta al nicho donde la encontró. Un día antes de ayer vi a un conejo, y ayer a un ciervo, y hoy, a usted.

La lluvia golpeaba el techo. El nudo en su garganta estaba tan apretado ahora que por un momento creyó que iba a llorar. Lentamente descendió las escaleras del ático. Descendió la escalera en espiral hacia la sala de estar. El reloj sobre la chimenea decía que eran las diez-catorce. En solo unos minutos el autobús de bingo la dejaría en la esquina, y Anne caminaría hasta la puerta.  Anne caminaría… Julie caminaría. ¿Julianne?

¿Era ese su nombre completo? Probablemente. La gente invariablemente mantenía una parte de sus nombres originales cuando elegía un alias, y, al alterar completamente su apellido probablemente pensó que era seguro tomarse algunas libertades con su nombre. Debió haber hecho otras cosas también, además de cambiar su nombre, para poder evadir a la policía del tiempo. ¡Con razón no había querido que le tomaran fotografías! ¡Y que aterrorizada debió haber estado ese día hace tanto tiempo, cuando entró tímidamente a su oficina para pedir trabajo! Completamente sola en una generación extraña, sin saber con certeza si el concepto que tenía su padre sobre el tiempo era válido, sin saber con certeza si el hombre que la amaría en sus cuarentas también lo haría en sus veintes. Ciertamente ella había regresado, justo como dijo que lo haría.

Veinte años, pensó, y todo este tiempo debió haber sabido que un día yo subiría una colina en septiembre y la vería ahí parada, joven y hermosa, bajo el sol, y me enamoraría de ella completamente otra vez. Ella debía saberlo porque ese momento era tan parte de su pasado como parte de mi futuro. ¿Pero por qué no me lo dijo? ¿Por qué no me lo dice ahora?

Súbitamente lo comprendió.

Comenzó a tener problemas para respirar, se puso su abrigo impermeable y salió bajo la lluvia. Caminó bajó la lluvia, y la lluvia golpeaba su cara y corría por sus mejillas, y algunas de las gotas eran lluvia, y algunas otras eran lágrimas.

¿Cómo podía alguien tan perenemente bella como Anne—como Julie—tener miedo de envejecer?

¿Acaso no se daba cuenta que para sus ojos ella no podía envejecer? ¿Qué para él no había envejecido un solo día desde el momento en que levantó la vista de su escritorio y la vio parada en su pequeña oficina y al mismo tiempo se enamoró de ella? ¿Acaso no podía entender que esa era la razón por la cual la chica en la colina había sido una extraña para él?

Había llegado a la calle principal y estaba caminando hacia a la esquina. Ya casi llegaba cuando el autobús de bingo apareció y se detuvo ahí, y la chica con un abrigo blanco bajó de él. El nudo en su garganta se volvió insoportable, y no podía respirar. El cabello color diente de león era más oscuro ahora, y el encanto juvenil se había ido, pero la gentil belleza aún residía en su gentil rostro, y las largas y esbeltas piernas tenían una gracia y simetría bajo el pálido brillo de una farola en noviembre que jamás habían conocido bajo el radiante y dorado sol de septiembre.

Ella caminó hacia él para saludarlo, y él vio el familiar miedo en sus ojos—un miedo ahora tan conmovedor que no lo podía soportar, porque ahora entendía su causa. Ella se veía borrosa frente a sus ojos, y caminó hacia ella ciegamente. Cuando llegó frente a ella, sus ojos la vieron claramente, y movió su mano a través de los años y tocó su mejilla mojada por la lluvia. Ella supo entonces que todo estaba bien, y el miedo desapareció por siempre, y caminaron regreso a casa tomados de la mano bajo la lluvia.

FIN