“Me identifico sexualmente con un helicóptero de ataque”: un cuento trans de ciencia ficción

Por Chessil Dohvehnain

¿Qué pasaría si en el futuro las victorias ganadas por las batallas de la identidad que protagonizan nuestro presente conduzcan a que alguien pueda elegir pasar a través de una reasignación física total con el objetivo de que su cuerpo coincida con una identidad de género, digamos, aquella propia de un helicóptero de ataque militar?

Esa fue la premisa del cuento de ciencia ficción I sexually identify as an attack helicoper escrito por Isabel Fall, y publicado en el número de enero de este año de la prestigiosa revista literaria de ciencia ficción y fantasía estadounidense Clarkesworld, receptora de relatos muchas veces ganadores de premios Hugo, Nebula, Bram Stocker o Locus.

Se trata de una historia que, debido a una serie de ataques prolongados en redes sociales que acusaban el texto de transfóbico y ofensivo, ha sido removida de la revista a petición de la autora, quien también ha decidido deshacer cualquier envío literario posterior a la misma revista (quizá a otros medios incluso), y que según fuentes cercanas, está pasando por una situación emocional desagradable a causa de los ataques.

Si el género siempre ha sido un constructo, ¿por qué no construir nuevos?

El cuento nos describe desde una voz en primera persona la historia de Seo Ji Hee, otrora mujer quien ha decidido convertirse en aquello que ahora desea ser gracias a las facilidades tecnológicas del programa táctico del gobierno estadounidense de reasignación de género basado en una teoría constructiva aplicada con fines militares.

“Si el género siempre ha sido un constructo, ¿por qué no construir nuevos?”, pregunta Seo Ji Hee ahora convertida en “Barb”, un helicóptero de ataque que pelea una guerra en contra de un estado separatista controlado por inteligencias artificiales, en un mundo asolado por el desastre climático inevitable que se avecina en nuestros días.

Tuve la oportunidad de leer el cuento antes de que fuera eliminado, y en mi opinión a lo largo de sus poco más de 7,700 palabras, Isabel Fall presentó una historia que nos podría haber permitido hablar de un tema tan importante en nuestros días de formas novedosas.

Las cosas que son tabú y excitantes para mí son las cosas tabú para los helicópteros. Me gusta que me levanten, me muevan, me presionen, me doblen y sujeten, me estremezcan, que me hagan perder el control

Porque es a bordo de Barb (quien junto a su pareja-armero se dirige hacia una misión de ataque contra una escuela), que nos aproximamos a su comprensión personal de lo que ahora es, en contraste con aquello que la “mujeridad” le dio en su momento, y que ahora considera equiparable a un hobby querido que uno abandona porque ya no satisface más.

“No me afeito, como hacen todos los pilotos rápidos, hasta el último cabello rizado del escroto. Nadie espera que un helicóptero sea elegante. Tengo axilas peludas y arbustos gruesos y negros hasta el culo. Las cosas que son tabú y excitantes para mí son las cosas tabú para los helicópteros. Me gusta que me levanten, me muevan, me presionen, me doblen y sujeten, me estremezcan, que me hagan perder el control”, describe Barb en algún punto para hacernos comprender la forma en que experimenta la sensibilidad y el placer a través de su nuevo cuerpo, demostrándonos el enorme potencial de la ciencia ficción para pensarnos, y nuevamente cuestionar las ideas que ingenuamente aún se creen inamovibles sobre nuestra identidad.

Ya la amplia literatura etnográfica sobre sociedades indígenas nos cuenta sobre la fluidez de las identidades y de los artefactos materiales a través de los cuales las expresamos. Y si miramos hacia la arqueología y la antropologías más avanzada nos daremos cuenta que incluso en otras sociedad la identidad escapa al cuerpo, incorporando fragmentos corporales de otras entidades humanas o no humanas, e incluso definiéndose como extensible a objetos mismos.

Observamos en esos textos científicos que la identidad siempre ha sido algo cambiante, fluido, que depende de las relaciones sociales que tejemos con el mundo, y que permite dialogar con objetos que pueden portar una identidad propia y emociones, los cuales a su vez pueden dialogar con otras entidades que, en la cosmovisión de estos pueblos no occidentales, se encuentran por todo el universo y que comparten esencias vitales y rasgos que muchas personas considerarían exclusivamente humanos.

Algo que es inestable está listo para moverse, ansioso por cambiar, quiere girar, zambullirse, arrancarse de la quietud y volar. El dinamismo requiere inestabilidad. La inestabilidad requiere la posibilidad de cambio

Entonces, ¿una persona helicóptero como Barb, antes mujer, sería capaz de amar, de coger y de sentirse vulnerable? Si es así, ¿cómo experimentaría y describiría aquello? ¿Cuáles serían sus sentimientos? ¿Seríamos capaces de empatizar con ella o ello? ¿Qué forma tomarían las relaciones personales afectivas entabladas con una persona como Barb? ¿Tendría miedo a morir? ¿Merece el mismo respeto y consideración que las personas humanas?

He ahí entonces uno de los grandes logros de la historia de Isabel Fall. El ser un vehículo en un espacio literario de poder y prestigio, como lo es la revista Clarkesworld, que en menos de quince días incitó una discusión en torno a la compleja naturaleza viva y cambiante de la identidad de género. Como la autora escribe a través de Barb, “algo que es inestable está listo para moverse, ansioso por cambiar, quiere girar, zambullirse, arrancarse de la quietud y volar. El dinamismo requiere inestabilidad. La inestabilidad requiere la posibilidad de cambio.”

Sin embargo dentro de la comunidad trans a muchas personas no les agradó el trabajo de Isabel. En foros de Reddit y comunidades de Twitter pronto alzaron la voz quienes sostenían que el texto era una declaración transfóbica y una burla a las luchas de las comunidades trans, ya que su título remite a un meme del mismo nombre que sintetiza la amplia desinformación que infecta nuestra sociedad en torno a lo que epistemológicamente refieren los conceptos de género e identidad.

Muchas personas publicaron que la historia les parecía ofensiva e hiriente, e incluso se buscó saber más de los datos personales de la escritora con quien sabe qué fin, etiquetándola incluso de nazi solo por su fecha de nacimiento pública (así de extraño se puso el asunto). También se atribuyó al texto el objetivo de tratar de legitimar discursos de odio y discriminación.

Lo anterior hizo mella en la autora, quien por fuentes cercanas se sabe que es una persona cercana y partícipe de las comunidades trans y su activismo. Una persona cuyo nombre real se ha mantenido en secreto (Isabel Fall es un pseudónimo), y alguien quien a través de un tercero ha confirmado que la hostilidad recibida no es lo que buscaba, sino entablar un diálogo a través de la literatura. Lo cual se nota al leer su frelato, el cual incita a la reflexión sin prejuicios, a la apertura de la mente, de la imaginación en un ejercicio que se apropia de una ofensa materializada en un meme, para así subvertir el concepto discriminante y opresivo de una imagen que aún pulula en páginas de shitposting y humor cringe.

Neil Clarke, editor de la revista, publicó una carta de posicionamiento al respecto que aún puede consultarse, en el lugar donde se encontraba el cuento original. En ella comunica su preocupación por las consecuencias negativas que el texto desató, pero también expresa la reflexión de que ello es parte del poder de la literatura; que la responsabilidad es compartida entre lectores y escritores quienes a través de los textos entablamos un diálogo que debiéramos encauzar de formas constructivas.

Considero triste que quien quiera que escribiera el cuento, sea ella, él o ello, piense dejar de buscar publicar su trabajo, aunque sea esa misma persona quien solicitó a la revista Clarkesworld el retiro de su texto. Una decisión que hay que respetar. Pero saber que se encuentra afligida al grado de ya no querer publicar, es aún peor. ¿Qué otras ideas subversivas y fascinantes estarán en esos relatos que quizá ya no conoceremos?

La ciencia ficción es un género cambiante pero siempre desafiante, subversivo, extraño y reflexivo, que quizá encarna junto a la fantasía el verdadero espíritu de la experimentación literaria. Sobra decir que a través de su escritura puede encontrar formas para crear contextos que exploten su capacidad para incomodar el statu quo, posibilitar la catarsis, el cuestionamiento personal e incluso la rebelión, sin la necesidad de silenciar o borrar las palabras creadas. Pienso entonces que la ciencia ficción no debería tener espacios seguros.

 

*La imagen destacada de este artículo se titula Zarrio. Fue creada por el artista español Eduardo García, diseñador e ilustrador de la industria de los videojuegos. La imagen fue seleccionada como el arte de portada del número 160 de la revista Clarkesworld, donde se publicó originalmente el cuento de Isabel Fall. Puedes seguir el trabajo de Eduardo García en su cuenta de ArtStation (https://www.artstation.com/del_cid).

**Una versión más corta de este ensayo fue publicada en enero de 2020 en el periódico digital mexicano La Jornada San Luis. Puedes seguir al autor en Twitter (@JoyDohveh), Instagram (@dohvehnain), Facebook (JosephChessil Dohvehnain), o en La Jornada San Luis (https://lajornadasanluis.com.mx/seccion/opinion/joseph-chessil-dohvenhain/).