Reseña de The Tommyknockers, de Stephen King

Por Hilario Peña

 

Haven, Maine. Época actual. Mientras camina por la propiedad boscosa que heredó de su tío, la escritora de westerns Bobbi Anderson encuentra, enterrado en una colina, un platillo volador que emite unas ondas extrañas. Al parecer, la nave es más vieja que la humanidad misma y las ondas que emite transforman a la novelista en un genio incansable —en pocos días inventa un tractor volador, un boiler que funciona sin gas y, además, convierte su vieja máquina Underwood en una computadora que funciona telepáticamente—. Su mejor amigo, el poeta-jipi-alcohólico James Gardener intuye que Bobbi se encuentra en problemas e interrumpe una de sus lecturas para ir en su ayuda.

Gardener se asusta al ver el estado en el que se encuentra su amiga —famélica, pálida y con semanas sin dormir— pero se asusta aún más al ver la nave alienígena desenterrada por Bobbi. La placa de titanio que tiene Gardener en su cráneo bloquea las ondas emitidas por el ovni pero los habitantes de Haven comienzan a actuar de manera extraña y crean inventos asombrosos, como portales a otros mundos y máquinas organizadoras de correo.

“Le vas al underdog, así no te deprimes si tu equipo fracasa en la Serie Mundial. Lo mismo con los candidatos y las causas que apoyas. Porque, si tu ideología no tiene oportunidad de ser puesta a prueba, no tendrás que descubrir que el nuevo jefe es igual de nefasto que el anterior.”

The Tommyknockers reúne las cosas que más me gustan en una sola novela (el wéstern, la ciencia ficción, la poesía y el horror cósmico), sin embargo, su autor la distingue como su peor libro. Lo acusa de contar con demasiada paja, pero ya van dos veces que lo leo y no encuentro la supuesta paja por ningún lado. Todo lo que se cuenta aquí es indispensable para tener una mejor comprensión de la historia.

Recuerdo momentos bellamente narrados, como cuando Gardner lee su poema en el ridículo club de lectura llamado Los Amigos de la Poesía.

“En sus caras vio lo que todo poeta anhela ver cuando concluye una de sus lecturas en público: los rostros de personas que parecen haber despertado de un sueño más brillante que la realidad misma.”

O cuando Gardener le da ánimos a Bobbi luego de que una fulana la desprecia por el tipo de libros que escribe.

“¿Te preocupa lo que piensa esa mujer de ti? ¿Acaso te importa el juicio de una chiflada que va por la vida gritando ¡poder al pueblo! mientras huele a Chanel número 5?”

Si bien resulta anacrónico el tratamiento alarmista que se le da al tema de la energía nuclear —creo que es una paranoia del mismo autor, un año después del accidente nuclear en Chernóbil—, me parecieron interesantes otros temas que se manejan a lo largo de la novela, como la vida rural, el alcoholismo y, por qué no, los extraterrestres. Porque, la verdad, ¿a qué clase de personas no les gustan las historias de extraterrestres? Solo a los aburridos.