John Cheever: la fobia y el ángel

Por Adán Medellín (@adan_medellin)

Corría el año 1961 y el escritor estadounidense John Cheever se sentía asediado por la melancolía y el deseo sexual. Nacido bajo el signo de Géminis, era alcohólico, religioso, sociable, elegante, emotivo y analítico, además de que vivía una bisexualidad de clóset que creaba sospechas en su matrimonio con tres hijos y amenazaba con desbordar las páginas de su diario, fustigado por un sentimiento del pecado universal, bajo la idea de vivir con una “naturaleza problemática” que había “tratado de contener con intención creativa”.

Los célebres Diarios de Cheever revelan las angustias y las reflexiones de un autor que ya había escrito una novela ganadora del National Book Award (La Crónica de los Wapshot, 1958) y varios de sus cuentos más emblemáticos, como “El marido rural”, “El ladrón de Shady Hill” o “La muerte de Justina”. Cheever era respetado por plumas tan brillantes y disímiles como Ernest Hemingway, Saul Bellow y Truman Capote, pero la crítica aún lo trataba con disparidad. Mientras unos lo llamaban “El Chéjov de los suburbios”, The New York Times Book Review afirmaba con ironía que Some people, places, and things that will not appear in my next novel, su libro de cuentos publicado aquel año, era el de “un escritor gótico cuya mente parecía tambalearse en los bordes del terror”.

Y es que terrores vitales le sobraban a Cheever. Era un ser obsesivo, con tendencia a la mitificación de su linaje familiar y que temía catástrofes sobre sus hijos. Sin embargo, como lo reconoce su biógrafo Scott Donaldson, una de sus fobias ejemplares era la que sentía por los puentes, conocida como gefirofobia, a tal grado que durante años evitó el cruce del Tappan Zee Bridge, una estructura colgante a 128 metros de altura y de casi cinco kilómetros de largo que cruza el Río Hudson en Nueva York, al igual que le ocurrirá a su protagonista en el cuento “El ángel del puente”, escrito en 1961 y publicado en octubre de ese mismo año en The New Yorker.

“El ángel del puente” brota de esa melancolía por el declive de madurez física de Cheever y el coctel de circunstancias de una mudanza de casa, una infidelidad homosexual y un distanciamiento del mundo familiar. Narra la inexplicable ansiedad de un padre de familia que, tras años de normalidad y de ver como otros parientes suyos vivían fobias por aviones o ascensores, experimenta un repentino ataque de pánico mientras conduce su automóvil por un puente.

Si bien las primeras líneas se han convertido en uno de los inicios más celebrados de la cuentística estadounidense del siglo XX (“Quizá hayan visto ustedes a mi madre bailando un vals sobre la pista de hielo del Rockefeller Center.”), el tono de cálida cotidianidad se transforma en la confesión de la fobia irracional e irremediable del narrador por estas estructuras arquitectónicas. La raíz de este relato está en una de las amplias anotaciones del Diario de Cheever en los primeros meses de 1961, que vale la pena transcribir:

“Conocía los síntomas. Al acercarse al puente sentía una aguda punzada en el escroto, sobre todo en el testículo izquierdo, y un encogimiento doloroso del miembro viril. A medida que ascendía la curva del puente, la respiración se volvía penosa, los jadeos violentos. Tras la dificultad para respirar sobrevenía una debilidad en las piernas y una descoordinación tal que cabía preguntarse con razón si podría pisar el freno en caso de necesidad. El ataque alcanzaba su punto álgido cuando llegaba a la cima del puente: entonces, la acumulación de todos esos males le afectaba la presión y la vista. Pasada la cima empezaba a relajarse, pero después del ataque quedaba tan débil y tembloroso que, según había comprobado, pasaba más de una hora antes de que pudiera llevarse una taza o un vaso a los labios. Una vez, en el aeropuerto, había pedido un café y al ir a tomárselo se lo había derramado sobre su ropa.”

A partir de este núcleo narrativo escrito en tercera persona para referirse a sí mismo, Cheever construye su relato, no sin antes eliminar la imagen del miedo experimentado desde la región genital, algo demasiado provocador para las revistas de la época en que el autor solía publicar sus ficciones. Su cuento arranca con los sendos ataques de pánico de la madre y del hermano ligados respectivamente a aviones y ascensores, para oponerlos con el carácter seguro y despreocupado de su protagonista, hasta que de pronto él mismo se ve sorprendido por un episodio de ansiedad tras visitar a su hermano en Nueva Jersey.

Mientras se acercan al cruce del puente George Washington en su regreso a Nueva York, las fantasías destructivas del narrador se disparan por los embates de una tormenta contra su coche: “A mitad de camino noté que el pavimento empezaba a ceder bajo nuestros pies. No había indicios reales de semejante catástrofe, pero yo estaba convencido de que el puente iba a partirse en dos de un momento a otro, y arrojar las largas filas del tráfico dominical a las aguas oscuras que nos esperaban abajo”.

Durante todo el relato, el narrador protagonista sin nombre oculta su miedo profundo a sus más cercanos. Racionaliza los hechos repasando cada detalle, pero no puede descubrir motivos para su reacción. Cuando acude con su médico, el galeno desmiente que las fobias familiares tengan algo que ver con la suya, mientras que un psiquiatra es incapaz de darle un primer diagnóstico; aunque como lectores podríamos reconocer un eje aéreo, de miedo al vacío y sensaciones de vértigo en todas ellas. A los tres integrantes del clan familiar los une un miedo indefinible a la altura y a la potencial caída o desaparición que representa.

Como el protagonista no puede detener su rutina de viajes pese a su creciente terror, se va sumiendo en una mayor soledad porque no logra explicar su condición a los demás. Su pánico irracional es un estigma que lo separa del resto de la gente. Al igual que lo narrado por el propio Cheever en su Diario, su protagonista nervioso derrama una taza de café en un aeropuerto de camino a Los Angeles y recibe apenas un intercambio de palabras condescendientes. Aumenta su distancia, su extrañamiento de lo cotidiano. Como si el desajuste de su mente se hubiera trasladado al mundo exterior, en la ciudad angelina presencia la misteriosa ebriedad de una mujer y la pelea callejera de dos automovilistas en un semáforo. “Parecía el atisbo de un mundo nuevo, pero caracterizado en este caso por la brutalidad y el caos”.

Luego de descartar que su fobia tenga algo que ver con el sexo parodiando las teorías freudianas, el protagonista de Cheever la racionaliza como una vía de escape de su insatisfacción por la vida moderna. “Llegué a la conclusión de que mi terror ante los puentes era una expresión de mi pánico -apenas disimulado- ante lo que el mundo está llegando a ser”. Esa vida moderna que ha destruido sus memorias infantiles, desarraigándolo, y también ha traído una realidad más triste, compleja y belicosa.

Pero ni siquiera ese aparente insight crítico hace mella en su terror. De regreso a Nueva York tras su viaje, sufre un nuevo ataque en compañía de su hija en el puente George Washington con los síntomas conocidos: la falta del aire, una pérdida del sentido de la realidad, una especie aligeramiento en la consistencia del automóvil y de su propio cuerpo. La disolución. Apenas logra dejar a la hija sin accidentarse, pero ella no nota nada.

Ya a solas, atrapado en el cruce de un nuevo puente, el Tappan Zee, el protagonista empieza a dar bandazos en el auto. No tiene el consuelo ni el cuidado de amigos, hijos ni esposa, a quien lo unen unas relaciones “tan basadas en el amor propio y en las apariencias que admitir abiertamente una situación tan extraña quizá dañara gravemente nuestra felicidad conyugal”. El pánico lo aísla, lo marca. Es un alienado y, desde su propia perspectiva, se ha colocado en lo más bajo de la escala humana, por debajo de quienes sufren las desgracias amorosas, las enfermedades o los estragos del alcohol.

El protagonista logra orillarse en su vehículo, mientras la arrolladora vida en el camino no se detiene. Preso de una soledad sobrecogedora, vienen a su mente su madre y su hermano, unidos los tres por la consanguineidad del terror. “Éramos personajes de una sórdida y amarga tragedia, con cargas insoportables sobre nuestras espaldas, y separados del resto de la humanidad a causa de nuestras desventuras (…) Terminaría en la sala de enfermos psiquiátricos del hospital del condado, gritando que los puentes, todos los puentes del mundo, se estaban derrumbando”.

Pero con esa visión apocalíptica en la cabeza, en el clímax del delirio y la marginalidad social a la que lo ha condenado la condición inexplicable en su propia psique, ocurre la irrupción milagrosa. Una joven abre inesperadamente la puerta del coche y entra a sentarse a su lado. Se trata de una rubia con un arpa que le pide un ride para cruzar. Ella trabaja de músico, entona algunas dulces canciones tradicionales y así le permite conducir con tranquilidad al otro lado del puente. En la caseta de peaje, ella se despide y baja del auto. Lo ha dejado sereno, sano y con un mundo recobrado y maravilloso. Lo ha salvado una aparición fantástica, absurda y angelical, con la misma ligereza aérea a la que tanto teme. O quizá, simplemente, la compañía de otro ser humano que tiene un gesto de empatía por él.

“Cuando llegué a casa pensé a telefonear a mi hermano y contarle lo que había pasado, porque quizá hubiera también un ángel de los ascensores. Pero el arpa -tan sólo ese detalle- amenazaba con dejarme en ridículo o hacerme pasar por loco”. Así, el enfermo curado no puede revelar su propio milagro, porque nadie le creería. No puede ser un testigo porque entonces se convertiría en un mártir (la palabra griega en los Evangelios es la misma para ambos sustantivos). La vuelta al mundo moderno de leyes desangeladas y científicas castigaría al narrador con la condena social de la razón, sus burlas, sus instituciones y protocolos de sanidad. Y muy humanamente, él tampoco se fía, pues el final del cuento nos dice que evitará cruzar todos los puentes ya mencionados.

En la vida real no habría aparición sanadora para Cheever, quien conservó su fobia a los puentes largos durante muchos años y llegó a ser caracterizado por su propio psicoanalista, David C. Hays, como un “neurótico, narcisista, egocéntrico y sin amigos”. Pero desde la anotación impresionista del diario que se vuelve un relato, coqueteando con una resolución fantástica que le acarrearía críticas desde el lado duro del realismo norteamericano, la pluma del escritor estadounidense dibuja la insuficiencia de la razón para explicar las honduras de la mente, la incomunicación moderna de las enfermedades del alma, la soledad en la multitud y la compañía, el misterio del peso genealógico sobre las enfermedades mentales y el crudo avance de la modernidad que aplasta con su aparente desarrollo a las personas que lo habitan.

Ahí donde estuviese esa tara, volvería la literatura de Cheever, como lo expresaría otra página de sus diarios que condensa brillante y dolorosamente su poética poco antes de escribir “El ángel del puente”, que formaría parte de su libro The Brigadier and the Golf Widow de 1964:

“No disimular nada, no ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento -creo entreverlo en sueños-, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquellos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en correos, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo.”

*Adán Medellín es un escritor y periodista mexicano ganador de diversos premios como el Bellas Artes de Cuento 2017 (hoy Premio Amparo Dávila) por Blues Vagabundo, el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza 2019 por Acéldama y el premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2019, por El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley. También ha sido galardonado con el Premio Nacional de Cuento Sueño de Asterión 2013 por “El Canto Circular”, y con el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2019 por “Tiburones”. Puedes seguirlo en sus redes en Twitter (@adan_medellin) y Facebook (Adán Medellín).