Historia intelectual de las medusas: técnicas para matar cucarachas

Por Carlos R. C. Tapia Alvarado

Como muchos seres humanos, tengo aversión por las cucarachas. Pobres bichos. Hoy sé que, al momento de percibirnos, ellas tienen más miedo de nosotros. Quién sabe por qué los dioses les dieron ese aspecto.

Mi experiencia con los blatodeos es amplia, y abarca varios ámbitos. Puedo asegurar que las cucarachas tropicales (las que he visto en Veracruz, en Tabasco, en la Huasteca…) son más aguerridas, además de grandotas; pero las que se llevan el premio del terror son las que vuelan. ¡Ah jijo, bichos repugnantes! ¿Han sentido cuando de pronto una te camina por la espalda? No hay razonamiento alguno que medie entre el pánico y las náuseas, uno se muere de miedo, casi por instinto, combinado con un asco y repugnacia primarios.

No recuerdo exactamente a qué edad las comencé a aplastar, a diferencia del primer alacrán que maté, cosa que sucedió hace la friolera de 50 años, en Marfil, Guanajuato, en la casa de unas personas que ya olvidé. No importa. Lo significativo es que he ido refinando mis técnicas de matar cucarachas. Comencé con el facilísimo expediente de aplastarlas con furia e improperios (¡pinche cucaracha miserable! gritaba), pero esta forma tiene consecuencias igual de indeseables, ya que el otrora insecto ahora queda convertido en una masa informe y nauseabunda que causa casi el mismo asco en la persona que presenció el acto.

Ante esto, adopté el método pambolero: un patadón bien calculado y ejecutado hace que el insecto se golpee, además, contra la pared. Las más grandes quedan atarantadas, pero ninguna resiste semejante doble golpe. Aunque esta manera también tiene sus inconvenientes: si no calculas bien el golpe, corres el riesgo de fracturarte algún dedo del pie, sobre todo cuando la acción la haces con chanclas. Nota: no patear cucarachas con chanclas. Se recomienda llevar un buen tenis o un zapatote sólido. Si quieres puedes regular la fuerza de la patada, para que el animal, si se le puede decir así, quedé más vivo que muerto. Ya en ese estado, yo les vertía cera caliente de vela, no tanto para que se quemara como para que muriera inmovilizada. Así podía examinarla ya sin repulsión, con auténtica curiosidad científica, como si fuera un Comte entomólogo. Aunque debo aceptar que a veces, después del golpe, buscaba alcohol para arrojarles y así encenderlas, quemándolas vivas. Fascinante el tronido que se escucha.

Experimentar es un requisito sine qua non para proseguir y mejorar estas técnicas de tortura. Por ejemplo, encontré que el arrojarles espuma de jabón de lavaplatos les resulta cáustico: el insecto se ahoga, su cuerpo no puede resistir el químico. También descubrí que si pones Ajax en el piso al rato ya no pueden caminar porque los cristales del limpiador les cortan las patitas y quedan inmovilizadas. Yo aprovechaba esto, y las dejaba medio vivas para que en la mañana llegaran los pajaritos esos cafés, tan comunes, y se las comieran. Una vez vi como una de estas aves volteaba al bicho con su pico, lo ponía patitas arriba, y comenzaba a arrancarselas, dejando como huella de su insignificante existencia solamente sus alitas transparentosas y ocres.

Sin embargo, desde que vivo en el Tibet, mi conciencia ha cambiado y ahora sé que las cucarachas son tan solo otros seres vivos que merecen la vida tanto como nosotros, y entonces pues ya no las mato feamente: ahora me las como, para ser uno con ellas en este cosmos. Qué hermosa es la vida.