Liudmila Petrushévskaia: pandemia, higiene y horror

Por Lorena Rojas

El miedo es quizá uno de los motores más potentes del mundo, y en la literatura así como en la tradición oral, constituye uno de los elementos narrativos principales desde hace siglos. Actualmente, mientras el mundo enfrenta una pandemia —y pretende volver a la normalidad dejando el confinamiento en los días próximos—, muchos lectores están poniendo más atención a géneros como la fantasía, el horror e incluso la ciencia ficción, discursos que parecen hablarnos desde hace tiempo sin que a todos nos hubieran parecido tan cercanos.

En el ámbito del horror, en los últimos años ha crecido el interés por autores y autoras que estaban prácticamente olvidadas, como el caso de la estadounidense Shirley Jackson, quien tomó relevancia tras la adaptación de su novela La Maldición de Hill House a serie de Netflix. Por otro lado, también tenemos autoras latinoamericanas como Mariana Enríquez, quien se ha vuelto mediática gracias a sus cuentos y novelas que exploran este género y que han recibido el reconocimiento de la crítica y de miles de lectores.

Sin embargo, del otro lado del mundo, un tanto menos leída en este hemisferio quizá por la poca disponibilidad de su obra en español, se encuentra la escritora rusa Liudmila Petrushévskaia (Moscú, 1938), quien ha cultivado con maestría la fantasía, y sobre todo el horror desde principios de los años setenta. Autora de obras teatrales, novelas y unos quince libros de relatos, ha recibido el Premio del Estado Ruso para las Artes (2004), el Premio Stanislavski (2005) y el Premio Pushkin (2003), así como el Premio Mundial de Fantasía, otorgado por los Estados Unidos en 2010.

Llamada por la crítica “fiel heredera de la tradición oral de su país”, así como referente contemporáneo de la disidencia cultural que con su obra hace un retrato negro y burlón de la intelectualidad soviética de la última década de la era comunista[1], Petrushévskaia es una de las escritoras rusas más destacadas y traducidas, con su obra disponible en más de 30 lenguas.

En español podemos encontrar su libro Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina (1991), editado por Atalanta en 2011 y que agrupa sus relatos en cuatro partes: «Canción de los esclavos orientales», «Alegorías», «Réquiems» y «Cuentos de hadas».

En ellos la autora da muestra de narraciones breves y directas, algunas abruptas y crueles, que dejan un halo de fantasía siniestra que cautivan al lector desde el inicio. Además, encontramos dentro de todo, relatos tan reales y crudos que nos hacen cuestionarnos en dónde se encuentra el verdadero horror.

Entre todos los cuentos de este volumen, hay uno en especial que podemos contextualizar fácilmente y que resulta ideal –y escalofriante— para estos tiempos: Higiene. Incluido en la sección «Alegorías», este relato narra la historia de una familia, los R., que vive en un edificio de departamentos y un día recibe una extraña visita para ofrecerles ayuda: “Dijo que tenía que avisarlos de un peligro inminente. En la ciudad se había declarado una especie de epidemia de origen vírico” (p. 41).

Recibido con desconfianza, el hombre, que asegura haber sobrevivido a “la enfermedad”, continúa una serie de visitas infructuosas por los otros departamentos; sin embargo, a partir de este hecho, los R., se mostrarán inquietos, a excepción del abuelo quien desde el inicio manifiesta que el visitante “es un charlatán”.

En el contexto actual esto puede trasladarse fácilmente a la pandemia de covid-19, que ha dejado más de 5.5 millones de casos confirmados y más de 380 mil muertes a nivel mundial según datos de la Organización Mundial de la Salud, y que sigue teniendo varios escépticos alrededor del mundo, especialmente en nuestro país.

Tal como en la pandemia que atravesamos, donde el uso de cubrebocas y la sanitización de superficies resultan esenciales para desarrollar nuestras actividades diarias sin riesgo de contagio, en el relato “Había alguna esperanza de seguir con vida si se observaban escrupulosamente las reglas de higiene personal y no se salía de casa” (p. 41).

En el universo planteado por la autora las cosas no son tan optimistas. De inmediato comenzarán a desatarse situaciones adversas que alterarán la vida de los personajes y los llevarán, a la mala, a creer que algo de cierto tenían las palabras del hombre que tocó a su puerta:

“[…] telefonearon a sus respectivos trabajos, pero ni en el de Nikolái ni en el de Yélena les cogió nadie el teléfono. Llamaron a sus conocidos, todos estaban en casa. La televisión dejó de emitir, sólo se oía el pitido de la frecuencia.” (p. 47).

Así veremos a Nikolái comenzar a salir en busca de alimentos: “empezó a salir de caza cada noche, y se le planteó el problema de la ropa. Lo que hacía era ahora guardarla en una bolsa de polietileno cuando todavía estaba en las escaleras, mientras que el cuchillo lo desinfectaba al fuego muy frecuentemente” (p. 49).

Esta situación ha sido para muchos un hábito desarrollado durante los días de confinamiento, aunque evidentemente con matices distintos. La salida, para quienes tenemos (o tuvimos) el privilegio de poder permanecer en casa, está limitada a la compra de víveres y algunas otras actividades indispensables, y la cuestión de la sanitización ha constituido un problema importante a la hora de volver a casa.

Este relato como otros de la autora, incluyendo el que da título al libro, echan mano más de lo real que del elemento fantástico para descolocar al lector; es decir, el horror, la angustia, la degradación son estados provocados por el enfrentamiento del ser humano con su propia realidad y, en muchos casos, su incapacidad para sobrellevarla.

Mediante una prosa que utiliza un lenguaje directo, Petrushévskaia nos sumerge en la incertidumbre que consume a los personajes cuando su realidad comienza a torcerse. De un momento a otro los personajes de este relato, incluyendo a la pequeña hija de Nikolái, se verán envueltos en un círculo que va de la incredulidad y la soberbia, hasta el hambre, el pánico y la desesperación, en el que el título del cuento resulta ser de lo más irónico.

La humanidad en toda su historia ha enfrentado innumerables pandemias, entre pestes, gripes, fiebres y más, muchas de ellas en las que la higiene y el distanciamiento han sido respuesta efectiva o, por lo menos, prudente. Sin embargo, las desigualdades económicas y sociales, la renuencia a tomar medidas preventivas, los intereses particulares, entre otros aspectos, han influido en el curso y la afectación de las mismas.

Si bien es cierto que la ficción no pretende ni tiene el deber de funcionar como algo más que eso, e independientemente de las zonas a las que la autora lleva este relato y su desenlace, Higiene resulta una buena lectura ¿postpandemia? para constatar qué tan egoístas, obstinados e idiotas podemos ser —más aún siendo presas del pánico—, y qué tanto está destinada la humanidad a repetirse y comenzar de cero.

Recomendamos leer: Petrushévskaia, Liudmila, Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina, Atalanta (2011).


[1] Egea, Rosa, “Cultura rusa durante la perestroika”, El Diario, 2015.

*Lorena Rojas es una colaboradora talentosa y desafiante cuyas ideas causan empatía y relfexión en más de una ocasión. Te invitamos a seguirla en Twitter (@olaenlamar), donde podrás encontrar más de ella.