In Absentia: Desapariciones extrañas en la ficción literaria y audiovisual

Por Carlos Reyes Velasco

Hace unos días me enteré que durante la cuarentena murió un vecino al que no conocía; fue de un infarto, no lo que todos tememos en este momento. Me informaron con buena intención y para confirmar si yo estaba vivo porque nadie me había visto fuera de mi vivienda. Fue un recordatorio, entre altruista y morboso por parte de mis vecinos, de que existimos o dejamos de hacerlo hasta que alguien nota nuestra ausencia. Sobra decir que a partir de eso salgo más seguido, aunque sea a dar una vuelta en mi cuadra para dar prueba de que todavía ando en este mundo.

Nuestro país no es ajeno a las desapariciones anómalas. Somos una tierra salvaje y fértil para que sucedan actos de prestidigitación o venganza, donde a veces ni huesos quedan para dar testimonio de la impunidad que acompaña la desaparición de personas que están en la flor de la vida, de aquellas que son personalidades públicas o que cuentan con algún signo de belleza física o moral, desencadenando las historias más intrigantes. Es que nadie extraña a Juan Pérez, pero sí al hijo de Charles Lindbergh o a la niña Paulette. Pero también destacan los casos de personajes famosos que regresaron sin explicar sus causas de su ausencia, como Jesucristo y sus 40 días en el desierto, o Agatha Christie y sus once días perdidos en 1926.

El tema es apasionante, sobre todo si no tienen solución. Trátese de individuos, grupos e incluso civilizaciones enteras como los mayas (recordemos Apocalypto de Mel Gibson), la exploración perdida al Ártico de Sir John Franklin y su equipo en 1845 (que inspiró The Terror de Dan Simmons y su teleserie), la colonia norteamericana de Roanoke en 1587 (suceso que influyó en La tormenta del siglo de Stephen King, Fantasmas de Dean Koontz y una temporada de la serie American Horror Story), el caso del filósofo chino Lao Tse o el del escritor y periodista Ambrose Bierce (Gringo viejo de Carlos Fuentes, también llevado al cine en 1989) y el de Antoine de Saint Exupéry (autor de El principito). También el propio del dúo de forajidos Butch Cassidy y Sundance Kid, Anastasia Romanov, hija de último Zar ruso (caso adaptado como musical y en varias películas, incluyendo una animada), la aviadora Amelia Earhart, el líder sindical Jimmy Hoffa (inmortalizado en dos cintas, Hoffa y El irlandés), el político mexicano Manuel Muñoz Rocha, Richey Edwards (guitarrita del grupo Maniac Stret Preakers) y un largo etcétera.

Deshacerse de la evidencia de un asesinato hermana a los perpetradores independientemente de sus motivos. Como dice la canción de Bronco: “que no quede huella”. Sin Corpus Delicti (cuerpo del delito) no hay evidencia y sin ello no pueden ser condenados pese a que todo los señale, como bien lo sabe el asesino de ocasión o las huestes del crimen organizado. De ahí el infinito ingenio humano para desaparecer a sus víctimas con ayuda de ácido, cuchillos de carnicero, o las formas empleadas donde sobresale el uso de los cuerpos como alimento de animales o humanos, su abandono en maletas, drenajes, muros y cimientos de edificios, o el uso de zapatos de cemento para que no floten en los ríos, químicos, fuego, depósitos diversos (fosas clandestinas, barrancos, ríos y cualquier otro lugar inaccesible).

La cumbre de esta metodología de la deshumanización sucede en los crímenes de guerra o los cometidos por una nación contra sus propios ciudadanos, trátese de los industrializados campos de exterminio nazi, las toscas ejecuciones en cualquier régimen autoritario o los 43 estudiantes normalistas desvanecidos en Ayotzinapa. Pero en las narrativas de la imaginación, ajenas aparentemente a la denuncia social o política, el hecho de que personas y objetos se esfumen sin una explicación, constituye el motor de muchas historias que incentivan la búsqueda de sus protagonistas que tratan de resolver el Misterio, con mayúscula.

Quizá la historia fundamental, si bien no la primera, sea La carta robada (1844) de Edgar Allan Poe, donde lo buscado se encuentra a la vista y sólo el ingenio de Auguste Dupin puede detectar el ocultamiento, inaugurando en sus investigaciones la narrativa policiaca que precederá a la novela negra, el suspenso y el thriller. Otro género hermano, el terror/horror, también parte de esta incógnita, relacionada al misterio de una persona o cosa perdida, que los personajes deben resolver.

Algunos ejemplos de los puntos comunes en estos géneros: El silencio de los inocentes (1988, Thomas Harris) parte del secuestro de la hija de una senadora por un asesino serial transexual; Miseria (1987, Stephen King) que habla de la abducción del escritor protagonista por su Fan Número 1; Los hombres que no amaban a las mujeres (2005, Stieg Larsson) que aborda la desaparición décadas atrás de la heredera del Corporativo Vanger; La isla siniestra (2003, Dennis Lehane) que arranca por el escape imposible de un paciente en un manicomio aislado del mundo; la trama inicial de Psicosis (1959, Robert Bloch) que se dispara por la desaparición y asesinato de una empleada de una agencia inmobiliaria que huye por haber robado dinero a su jefe. Eso sin contar que varios de los argumentos clásicos de Conan Doyle, Hammett, Chandler y MacDonald tienen en común la búsqueda de lo perdido.

De entre la multitud de novelas, cuentos y películas que parten de la premisa de la búsqueda de personas desaparecidas o integran dicho elemento como parte sustancial de las narrativas siniestras, retomaré a continuación algunas muestras que considero significativas e inquietantes, con la intención de dialogar con los vasos comunicantes que los unen.

Así tenemos Picnic en Hanging Rock (1967) de la escritora australiana Joan Lindsay, que se presenta como una novela basada en un hecho real (spoiler: no lo es, pero la idea es tan atractiva que se volvió un “gancho” turístico para el lugar de los hechos narrados). El 14 de febrero de 1900, cuatro mujeres (tres estudiantes adolescentes y una maestra) del exclusivo Colegio para Señoritas Appleyar desaparecen en circunstancias anómalas, casi paganas (los relojes de todos se paran a las 12 hrs, las chicas desaparecidas deambulan y se despojan de sus ropas) durante una excursión de placer al montículo natural del título, que sí existe y es una impresionante formación volcánica, revelando con ello varias situaciones trágicas ocultas en la escuela y en la pacífica provincia de Victoria, lo cual empeora cuando días después una de las mujeres es encontrada amnésica en el misterioso lugar.

Este libro fue adaptado en una bellísima cinta por Peter Weir en 1975, la cual fue filmada en el lugar de la supuesta desaparición, con una narrativa poética donde la incertidumbre se da a plena luz del día; su perfecto elenco, la mayoría femenino, y su etérea ambientación repleta de presagios naturales, equivalen al lado opuesto de la escuela de baile retratada en Suspiria (1977, Dario Argento). Se volvió a adaptar como serie de seis episodios para Amazon Prime en 2018 bajo la dirección de Michael Rymer, Larysa Kondracki y Amanda Brotchie, aunque no alcanza las cuotas de extraña sugerencia logradas en la película de Weir.

También tenemos The Vanishing(1988, George Sluizer), una escalofriante cinta holandesa que adapta la novela El huevo dorado (1984, Tim Krabbé), donde un holandés se obsesiona por saber qué pasó con su joven mujer después que desparece durante un viaje de ambos a Francia. Lo torcido es que él logra contactar al responsable, un hombre de familia y exitoso profesionista, quien le revela que lo hizo para experimentar la emoción de cometer un acto perverso, ya que el acto altruista de salvar a una mujer años atrás no parece ser suficiente para su tortuosa alma. El precio por saber qué sucedió con ella será que su esposo sufra el mismo calvario.

En Twin Peaks de David Lynch, de la cual también filmó una precuela (Twin Peaks: Fuego camina conmigo, 1992), la historia parte de la aparición del cadáver flotante de Laura Palmer, la chica más deseada de la población montañosa del mismo nombre, y quien tenía una doble vida. Los Picos Gemelos que dan nombre al lugar, la doble moral y vida de los excéntricos habitantes, el doppelgänger del agente del FBE Dale Cooper, las dos dimensiones paralelas que separan los lugares mágicos que llevan a la Habitación Roja, constituyen el simbolismo dual de muchos misterios turbios que jamás se resolverán del todo.

La serie no pretende estar basada en hechos reales por su naturaleza netamente surreal e imaginativa, pero si está impregnada de un crimen antológico de los Estados Unidos: el descuartizamiento no resuelto de Elizabeth Short que ha obsesionado a la cultura norteamericana desde 1947, incluyendo la literatura de James Ellroy, autor de La Dahlia Negra.

En otros terrenos tenemos El proyecto de la bruja de Blair (1999, Daniel Myrick, Eduardo Sánchez), que si bien no fue la primer película en innovar en técnica narrativa ni en explotar la supuesta desaparición real de sus protagonistas (ese honor corresponde a la seminal Holocausto Caníbal deRuggero Deodato, estrenada 19 años antes), sí que fue la que puso en boga el género found footage. La premisa de tres estudiantes de cine (Heather, Joshua y Michael) que desaparecen en el bosque de Black Hills, Maryland, cuando investigaban una leyenda rural del siglo XIX vinculada con escalofriantes asesinatos de niños ocurridos de 1941, permite contar la historia a través de lo único que se encontró de ellos: los rollos que filmaron, encontrados junto a su equipo de filmación en la casa abandonada del infanticida en medio del bosque.

El fenómeno que provocó esta cinta de bajo presupuesto, financiada de forma independiente por sus directores e interpretada por actores desconocidos, generó una oleada de imitaciones que copiaban el estilo “cámara en mano”. En su momento se promovió como un suceso verídico al punto que varias personas se tragaron la historia.

En la polémica cinta Perdida (2012), basada en la afilada novela de la norteamericana Gillian Flynn e inspirada en el caso real de Laci Peterson, encontramos un mundo en el cual la fantasía no tiene lugar frente al desencanto cotidiano del desgaste de las relaciones humanas que parecen ideales: cuando la pareja perfecta de jóvenes escritores Nick Dunne y Amy Elliot pierden sus trabajos, el obligado cambio de residencia a la ciudad natal de Nick despierta perversas pulsaciones que minan la relación hasta que la desaparición de Amy, y la incriminación de su esposo en su posible asesinato estando ella embarazada, se transforma en un descenso al infierno de lucha de sexos, donde se invierte el misterio de un cuerpo que no se encuentra diluyendo la humanidad de sus protagonistas, quienes quedarán atados por lazos de sangre en un futuro nada prometedor ni idílico.

En La casa de Adela, cuento perteneciente al libro Las cosas que perdimos en el fuego (2016) de la periodista y escritora argentina Mariana Enríquez, que se integra en una parte de la trama de su magnífica novela Nuestra parte de noche(2019, Premio Herralde), narra lo que sucede cuando un grupo de amigos explora una casa abandonada de su barrio, la cual resulta ser una entidad que los atrapa en su cambiante y vivo interior. De la odisea saldrán todos excepto Adela, una chica sin brazo izquierdo amante de historias y películas de terror, quien se despide de sus amigos antes de internarse aún más en la vivienda para no regresar ni ser encontrada jamás.

La premisa de esta narración breve, que recuerda la novela corta The Hellbound Heart (1986) de Clive Barker adaptada en la cinta Hellraiser, es reinventada por Enríquez en su premiada novela, integrándose de forma natural como un diminuto fragmento de un mosaico enorme de historias cruzadas de magia, folclor sudamericano y una serie de intrigas en torno a una oscura sociedad secreta.

La casa como entidad viviente y maligna no es un elemento nuevo, ya que entra en la tradición de lugares malditos, el Bad Place de Stephen King, las casas encantadas (con o sin fantasmas, que no necesariamente son los mismo), elevadores malditos de leyendas urbanas, sótanos y pasajes subterráneos que dan paso al inframundo lovecraftiano en la novela gráfica Providence de Alan Moore y Jaycen Burrows (2015-2017, Avatar Press) y cualquier otro espacio físico cargado de maldad y malos presagios que impulsan a los protagonistas humanos a la oscuridad y la demencia. Una tradición sustentada en dos narraciones fundamentales: Otra vuelta de tuerca (1898, Henry James) y La maldición de Hill House (1959, Shirley Jackson).

Finalmente, sólo quiero destacar de forma breve que la ciencia ficción no es ajena al tópico abordado. Por razón de espacio y límite temático del presente texto sólo señalaré Encuentros del Tercer Tipo (1977, Steven Spielberg) donde un padre busca a su hijo secuestrado por extraterrestres, y las series televisivas Los Expedientes Secretos X y Lost (2004-2010, J. J. Abrams).

Esfumarse, sin ningún rastro ni causa comprobable, genera inquietud, sobre todo porque a quienes les sucede no pueden despedirse justo como ocurre ahora, cuando el riesgo de morir lejos en la cama de un hospital es equitativo para todos, aunque sepamos la causa y no podamos combatirla. Lo que en verdad nos aterra además del trance de la muerte es la imposibilidad de dejar tras nuestra partida una señal para nuestros seres queridos. La extinción genera angustia porque no queremos ser olvidados ni quedar perdidos en el rincón más lejano de la memoria.