W. B. Yeats: Una experiencia de lo oculto

Por Adán Medellín

Luego de sus acercamientos y tensiones con el esoterismo de la Sociedad Teosófica liderada por Madame Blavatsky, el poeta irlandés William Butler Yeats -y futuro Premio Nobel de Literatura 1923-, decidió emprender en 1887 sus propios experimentos de magia. Yeats tenía entonces 22 años, estaba ávido de conocimiento espiritual fuera de la ortodoxia tradicional, y estrechó relaciones con el maestro ocultista Samuel Liddle Macgregor Mathers, quien introdujo al bardo a su sociedad secreta: la famosa Hermetic Order of the Golden Dawn (Orden Hermética del Amanecer Dorado), fundada al año siguiente, y donde coincidiría con figuras literarias como Arthur Machen y el mismísimo Aleister Crowley.

Las experiencias y conocimientos en esa sociedad iniciática amante de la gnosis con rituales inspirados en la cábala judía, la alquimia, el yoga y otras fuentes de conocimiento oriental, permearon fuertemente en el profundo simbolismo de la poesía de Yeats. El poeta dominó y aplicó con entusiasmo el sistema simbólico de Mathers: decía reconocerlo en experiencias clarividentes como una especie de memoria colectiva ancestral, guardada por espíritus personificados a los que llamó Puertas (“Gates”) y Guardianes (“Gatekeepers”).

Convencido de su valía, Yeats compartió en distintas ocasiones sus pensamientos en torno a esta filosofía trascendente, como sucedió en su texto “Magic”, que sintetiza sus creencias espirituales. Para el escritor irlandés, había tres puntos que forjaban los cimientos de las verdades ancestrales presentes en todas las prácticas mágicas. Primero, “que los bordes de la mente son siempre cambiantes, y que muchas mentes pueden fluir una dentro de otra”, para formar una mente unitaria, una energía unitaria. Segundo, “que los límites de nuestras memorias son igual de cambiantes, y que nuestras memorias son parte de una gran memoria, la memoria de la Naturaleza”. Tercero, que esa gran mente y esa gran memoria podían ser evocadas por símbolos.

Los bordes de la mente son siempre cambiantes y muchas mentes pueden fluir una dentro de otra

Siguiendo estas bases, Yeats aprovechó su fascinación por las historias populares de hadas, aparecidos, demonios y espíritus del pueblo irlandés para dejar fluir su propia imaginería mezclada con los asuntos y las leyendas de su tierra. Gran parte de la recopilación de estas historias, vivencias, cuentos cortos y anécdotas se reflejó en dos trabajos: The Celtic Twilight (El crepúsculo celta) y The Secret Rose and Other Stories (La Rosa Secreta y otras historias), publicados en 1893 y 1897 respectivamente.

Ambos libros corresponden con las fechas del involucramiento más intenso de Yeats con la Golden Dawn y retratan, desde su aparente ingenuidad y encanto casi infantil, al poeta entusiasmado de recoger los asombros, los espantos, las desapariciones y las visiones de su terruño. Al mismo tiempo, los dos títulos funcionan como bitácora de los relatos y los encuentros sobrenaturales en que Yeats participó con agrado, curiosidad y un ánimo reflexivo, mientras escalaba niveles en su aprendizaje iniciático.

Quizá uno de los ejemplos más notables de este registro aparece en “Los brujos”, texto fechado en 1893, y que narra la asistencia de Yeats a una sesión para comunicarse “con las fuerzas malignas”. Yeats narra este suceso con un tono irónico y de cierto desapego, caracterizando inicialmente a estos practicantes como “empleados y oficinistas modestos… que se reúnen a practicar su arte en una habitación cubierta de colgaduras negras”.

Los límites de nuestras memorias son igual de cambiantes, y son parte de una gran memoria. La memoria de la Naturaleza

El poeta recibió la invitación de asistir a la práctica por parte de uno de los jefes del culto bajo la promesa de encontrarse con “espíritus que hablarán con usted cara a cara, y bajo formas sólidas y pesadas como las nuestras”. Su presencia sería permitida porque Yeats no era un novicio en las artes mágicas. Movido por la curiosidad, el poeta asumió el reto desde sus anteriores experiencias esotéricas de comunicación con seres feéricos y angélicos, pero bajo la condición de no permitirse caer en el trance, de manera que los espíritus oscuros demostraran si podían ser tocados y experimentados sólo con sus sentidos habituales.

Así se delineó un desafío escéptico que condujo a Yeats, en una noche, a una pequeña habitación negra de paradero no revelado, posiblemente en la Londres victoriana, a una ceremonia descrita en los siguientes términos:

[El jefe] iba vestido con una toga negra, como la vestimenta de un inquisidor en un dibujo antiguo, que tan sólo deja a la vista sus ojos, los cuales asomaban por dos pequeños agujeros redondos. Sobre la mesa que tenía delante había una fuente de latón con hierbas ardiendo, un cuenco grande, una calavera llena de símbolos pintados, dos dagas atravesadas, y ciertos utensilios, cuya utilidad no logré averiguar, con forma de piedras de molinillo.

Yeats da cuenta del sacrificio de un gallo negro al principio de la velada y el rociado de la sangre del animal sobre un cuenco, seguido de una invocación en una lengua desconocida que le sonaba “grave y gutural”

Pese a la extrañeza de aquello que consigna, como un turista de lo oculto, Yeats da cuenta del sacrificio de un gallo negro al principio de la velada y el rociado de la sangre del animal sobre un cuenco, seguido de una invocación en una lengua desconocida que le sonaba “grave y gutural”. Mientras otro de los brujos se une a la práctica, Yeats empieza a percibir un cambio inquietante en la atmósfera del sitio: “Yo tenía al invocador justo enfrente, y al poco empecé a notar que sus ojos, que brillaban a través de los pequeños agujeros de su capucha, me afectaban de un modo extraño. Me debatía con fuerza contra su influjo, y la cabeza me empezó a doler”.

Mientras la oscuridad se hace más honda en el cuarto y sólo se distingue la quemazón de las hierbas en una bandeja de latón, bajo el murmullo invocador, otro hombre al lado del poeta comienza a describir una visión que se le aparece entre la negrura. “Dijo que veía una gran serpiente moviéndose por la habitación, y se puso considerablemente excitado. Yo no veía nada con ninguna forma definida, pero me parecía que en torno a mí se estaban formando unas nubes negras.”

En ese punto, las fuerzas simbólicas de Yeats inician una batalla con cierto influjo oscuro en la habitación, que le provoca un malestar inexplicable. El poeta se esfuerza conscientemente para no caer en el trance de los brujos que lo rodean y parecen adueñarse poco a poco del espacio. “Sentí que habría de caer en un trance si no luchaba contra ello, y que el influjo que estaba provocando este trance estaba en conflicto consigo mismo, en otras palabras, que era maligno. Tras un forcejeo logré liberarme de las nubes negras, y de nuevo pude observar con mis sentidos habituales”.

Como un Ulises que resiste al canto de las sirenas oscuras, Yeats se estabiliza y vuelve a su posición de observador objetivo, pero ya sin poder compartir la visión que los brujos tienen ante sus ojos: unas columnas negras, un hombre que se pasea por la habitación en traje de monje. Aunque no es partícipe del trance de los otros, Yeats aún forcejea con la influencia nebulosa de aquel mundo espiritual e invisible, pero que lo coloca en una posición de defensiva incomodidad, imposible de esconder en su relato:

El invocador parecía ir aumentando paulatinamente su poder, y yo empecé a tener la sensación de que de él emanaba una corriente de oscuridad que estaba concentrándose a mí alrededor (…). Con un último y gran esfuerzo aparté las nubes negras; pero al darme cuenta de que eran las únicas formas que habría de ver sin entrar en trance, y no sentir gran pasión por ellas, pedí que encendieran las luces, y tras el necesario exorcismo volví al mundo normal.

A salvo de la posesión maligna, Yeats regresa sin respuestas tajantes a su espacio, pero con la confirmación de que los límites de lo real están velados más allá de nuestros ojos

¿En qué consistió el “necesario exorcismo” que Yeats vivió para regresar a la esfera de lo cotidiano? Yeats zanja el asunto con una mezcla de desgano y obligación de callar eso que, de todos modos, no puede ser revelado a los no iniciados. Porque los brujos tampoco pueden ni deben mostrarle más, debido al juramento que ellos también han hecho. Yeats sólo se atreve a indagar por un instante en qué hubiera ocurrido en caso de sucumbir al hechizo del espíritu invocado. “Habría salido usted de esta habitación con su carácter sumado al suyo”, le responde el brujo más poderoso sin confesarle más sobre la naturaleza de las palabras invocadoras, ni del origen de su magia.

A salvo de la posesión maligna, Yeats regresa sin respuestas tajantes a su espacio, pero con la confirmación de que los límites de lo real están velados más allá de nuestros ojos, allá donde nuevos umbrales sólo pueden ser abiertos bajo la doctrina de los espíritus adecuados para tales fines. El asomo de oscuridad en “Los brujos” es algo excepcional en la miscelánea de las apariciones fantásticas que aparecen en The Celtic Twilight y The Secret Rose, mucho más inclinados a narrar seres escurridizos, espontáneos y traviesos como duendes, hadas, criaturas mágicas, fantasmas, médiums rurales y hasta las terribles banshees.

El hambre de respuestas de Yeats siempre lo llevó a establecer vínculos desde el lirismo de su lenguaje ahí donde distinguía un pasaje que lo conectara con los sabios espíritus creadores y las “visiones de verdad”. En ese lenguaje simbólico, habitaban cifradas las verdades antiguas que las llaves del poeta revelarían a los pocos llamados a educarse y aprender del Gran Misterio. Aquellos años de encuentros mágicos de su juventud serían la semilla de uno de sus experimentos poéticos más fecundos e inquietantes: las más de 400 sesiones de escritura automática que produjo en conjunto con su esposa y médium personal, Georgie Hyde-Lees, a partir de 1918.

“No puedo pensar ahora en los símbolos”, escribió Yeats, “menos que como los más grandes de todos los poderes que son usados conscientemente por los amos de la magia, o algo inconscientemente por sus sucesores: el poeta, el músico, el artista”. Bajo esa consigna, William Butler Yeats emprendió su poesía como un puente conductor de los mensajes del Cielo y el Infierno que sembrara indicios para abrir las puertas de nuestra percepción, al modo de su admirado William Blake.

*Adán Medellín es escritor y periodista mexicano ganador de diversos premios como el Bellas Artes de Cuento 2017 (hoy Premio Amparo Dávila) por Blues Vagabundo, el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza 2019 por Acéldama y el premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2019, por El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley. También ha sido galardonado con el Premio Nacional de Cuento Sueño de Asterión 2013 por “El Canto Circular”, y con el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2019 por “Tiburones”. Puedes seguirlo en sus redes en Twitter (@adan_medellin) y Facebook (Adán Medellín).