Ciencia ficción, lenguaje de locura y amor: una charla con Daniel Centeno

Por Chessil Dohvehnain

Escritor mexicano nacido en Los Mochis, Sinaloa, en 1991, Daniel Centeno es licenciado en Psicología por la Universidad de Guadalajara (UDG). Sus textos han aparecido en las revistas La Cigarra, Luvina, Rojo Siena, Subtrama, Contrasentido y Tierra Adentro. Autor de la noveleta Puerta cerrada (Editorial Paraíso Perdido, 2017), obtuvo mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola con el texto Merecemos algo mejor. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2017-2018 en la categoría de Cuento, y merecedor de una mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS, con el cuento Ni la muerte los separó.

También fue ganador de una mención honorífica en el Primer Concurso de Cuento de Ciencia Ficción y Diversidad Sexual con la historia Cuerpos espejo, y ganador del XXXV Premio Nacional de Cuento Fantástico y Ciencia Ficción 2019 con el cuento Noturo, una poderosa historia de ciencia ficción bajo la propuesta autoral de death fiction, que narra el sentir de un chico anhelante, hijo de un padre ausente obsesionado con un descubrimiento científico extraordinario, y del cual hablamos aquí.

Chessil Dohvehnain: ¿Qué se sintió ganar el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción el año pasado? ¿Cómo fue tu experiencia?

Daniel Centeno: Ese día estaba más cansado que de costumbre. Recuerdo que salí de la escuela en donde trabajo, caminé a la parada del camión y me dejé derrumbar en una bardita, golpeándome sin querer con el cancel y escuchando como un perro me ladraba. No sé exactamente qué me tenía tan abatido. Lo que sí sé es que yo esperaba una llamada del premio; no recibirla significaba que había perdido. Así que entré a Twitter para ver quién era el ganador. ¡Y hallé mi nombre! Luego me llamarían. En ese momento no me di cuenta de que estaba gritando, hasta que mis alumnos (que aún estaban saliendo de la escuela donde trabajo), me saludaron a lo lejos, efusivos, como si celebraran conmigo. Yo grité, salté, casi lanzo mi mochila al aire. Dicen que Raymond Carver durmió con su primera publicación a un lado, y yo salté y grité afuera de mi trabajo como si hubiera ganado algo más difícil que la lotería. Luego me subí al camión y le llamé a mis padres para decirles que había ganado y el resto fue un poco menos narrable. Considerando que el manuscrito se envió el último día, como a dos horas de que cerrara paquetería, fue una sorpresa tan solo el hecho de haber logrado participar. Lo tuve en mi mesa durante más de un mes, impreso, pero algo me hacía no enviarlo. Al final, supongo, la epifanía estuvo en la urgencia que me hizo deshacerme de él, aunque me haya tardado.

CD: Noturo me ha fascinado por los temas que tratas, los personajes y el contexto primatológico y antropológico sólido desde el cual partes. ¿Qué inspiración estuvo detrás? ¿Qué te motivó a escribir una historia tan conmovedora llena de referentes tan fuertes de nuestra identidad?

DC: Jalisco es tierra de muertos, eso yo ya lo sabía desde mucho tiempo atrás, pero la noticia de que habían encontrado decenas de cuerpos en el Bosque de la Primavera me turbó. La imagen de un bosque lleno de cuerpos que se suponía que nadie encontrara me parecía desoladora. Luego comencé a pensar en los animales que debían estar en el bosque, e imaginé a uno advirtiéndole a un niño que no entrara, temiendo por él. Esa imagen, la vaga noción de un animal que advertía a un humano del peligro, me estuvo dando vueltas de muchos modos. Primero le di vueltas a la idea de qué animal podía ser el que se comunicara, y cómo. Pensé en aquel poema famoso de Poe, El cuervo, y cómo había utilizado la musicalidad del “nevermore” para darle peso en la memoria al clamor del ave. Entonces pensé que quizá el peso no debía estar en el sonido que emitía el animal, sino el de la palabra en sí. Luego, sin querer, acabé recordando un cuento maravilloso de Amy Hempel, en el que hay una escena de una chimpancé que se “expresaba con el lenguaje del dolor”, y todo me hizo click. Imaginé a este chimpancé diciéndo algo que no existe para los humanos. Entonces comencé a buscar estudios de comunicación en chimpancés: desde cómo acabamos descubriendo por accidente, que los chimpancés se comunicaban con el señalamiento repetitivo de objetos, con un cierto ademán (lo que hizo que, por ejemplo, ciertos diálogos se repitan varias veces en el cuento); luego revisé otros estudios sobre el lenguaje de señas y chimpancés. Estos últimos fueron los que más llamaron mi atención porque en la mayoría se ponía en duda la intencionalidad de la comunicación de los chimpancés, y yo me pregunté si no era posible que sí la tuvieran. Cuando pasé un tiempo viendo vídeos de lengua de señas, me di cuenta de que había una forma fácil en que un chimpancé expresara un concepto complejo: una línea hacia el futuro que de pronto se parte, se desvía, como negándolo. Me pareció verosímil que un chimpancé hiciera ese gesto, y todavía más que no pudieran comprender la muerte para los humanos. Al final, imaginé a las familias de quienes no podrían dar entierro a sus muertos y las piezas encajaron: el Jesús niño, el Jesús religioso, el Jesús Chimpancé y también el Jesús oscuro.

CD: Esa reflexión que haces en torno a la muerte, la paternidad y el futuro me pareció dolorosa, sobre todo en el contexto emocional desde el cual construyes tu historia: un chico con un padre ausente, para quien la búsqueda del conocimiento lo es todo. ¿Hay alguna inspiración personal en esta dimensión emocional de la paternidad ausente que conocemos muchos hombres en México?

DC: Mi mejor amiga me dijo una vez que mis cuentos son un espacio en el que los lectores pueden pensar y sentir una situación por la que no quieren verse expuestos. En ese sentido, cuando escribí Noturo, llevaba un tiempo en una racha de escribir cuentos sobre paternidad; algunos amigos estaban en el proceso de ser padres, yo estaba en proceso de comprender mejor a los míos (aunque uno nunca lo hace del todo). En la mayoría de estos cuentos, los padres ocupan lugares tan variopintos como las historias: el consuelo de la madre, la ternura para el hijo, la violencia física, o en el caso de Noturo, el abandono. Para mí tuvo sentido que el hijo buscara al padre, haciendo una resonancia precisamente del Jesús religioso, y también, del Jesús chimpancé que parecía querer congraciarse con los humanos para seguir vivo. Si algo me orilló emocionalmente a escribir Noturo, fue esta necesidad de hallarle sentido al presentimiento de que ya no había un futuro esperándonos; y por otro lado, crear el espacio, a través de una historia, para reflexionar sobre la incomunicación y la muerte, y como estas siempre van de la mano.

CD: Claro. Por eso me parece de gran valía que tocas desde la ciencia ficción un tema como la paternidad, y si acaso también la masculinidad, que se encuentran en una amplia discusión cultural reciente aunque sin ocupar el protagonismo de otros aspectos de nuestra identidad. Y con ello la comunicación se vuelve central, al igual que para esos otros aspectos que protagonizan las guerras culturales del presente. Por eso cuando estableces que las palabras son como armas, y que nuestros conceptos emocionalmente más valiosos son empleados como estrategias de engaño, de actuación y manipulación, no puedo evitar preguntar ¿cuál es tu percepción del lenguaje como una tecnología que posibilita la empatía pero también la locura y el conflicto?

DC: La empatía es un concepto que me orilla a escribir, y el lenguaje es la prueba de que la empatía absoluta es imposible. Ahí hay un poco de locura para llevar, si miramos con atención. Para comenzar, nadie entiende lo mismo por una palabra; nadie tiene los mismos referentes, ni asocia a ellos la misma intención, intensidad, mucho menos un recuerdo único. Cuando decimos algo, lo que sea, el Otro nunca comprende en su totalidad lo que tratamos de decir. Y no solo eso: difícilmente recordamos cuál ha sido el significado que le otorgamos a un concepto a lo largo del tiempo, y constantemente estamos haciéndole ajustes. Lo que alguien te dijo ayer, a la luz del recuerdo, lo leemos distinto, lo que cambia no solo la palabra sino la memoria y con ello, las emociones. Para dificultar aún más el asunto, la comunicación no se establece solo entre dos hablantes, sino entre dos personas como totalidades: no todo tiene que ver con el lenguaje de las palabras.

Hay cosas para las que no hay palabras, así que nos las inventamos: hacemos chistes locales, bromas íntimas en un intento de tener un lenguaje común, en apariencia intransferible. En este proceso tan difícil ponemos todo nuestro empeño, con los recursos que tenemos a nuestra disposición. La literatura ayuda mucho porque el lenguaje que nos presta para las experiencias comunes es, precisamente, el de las palabras; nos da un espacio para experimentar nuevas sensaciones o darles sentido a las que hemos vivido, con la seguridad de que podemos apartarnos de ellas en cualquier momento. Pero aun así, incluso la literatura está sujeta a eterna incomunicación: cada obra es juzgada e interpretada de un modo distinto, según el lector y su bagaje. Si nos detenemos a reflexionar sobre esto con minucia, probablemente descubriremos que el acto de comunicarnos es una locura. Cuando propuse en Noturo que el lenguaje es un arma, pensé en lo fácil que se destruye algo; pensé en la dificultad que existe para lograr un acercamiento a la empatía, y en que incluso el intento más precario por lograrlo, es frágil. Y si bien las palabras pueden vincularnos, nunca lo logran del todo. O cuando lo logran, igual pueden destruirnos, igual como ocurrió con el primer chimpancé en usar el concepto noturo: lo volvió loco comprender que los humanos no teníamos futuro.

CD: ¿Consideras que Noturo es un relato de ciencia ficción pesimista?

DC: Más que pesimista, creo que transparenta una tristeza inherente a nuestros intentos persistentes y fallidos de lograr la empatía y la comprensión. Por un lado, me conmueve pensar en el Jesús chimpancé, dispuesto a hablar con los humanos como ellos querían con tal de que lo dejaran volver con los suyos; el lenguaje como algo que nos vincula. Por otro lado, pienso que el Jesús oscuro es muy real, porque siempre hay un lado oscuro en el lenguaje, una parte que saca provecho o ventaja de las palabras; el Jesús religioso, mudo, paralizado de manos y piernas; y Jesús el niño, que usa el lenguaje para contar su historia y no dejar que los chimpancés sean olvidados. Creo que el lenguaje es todo eso, la alegría y la tristeza, los intentos fallidos y los que nos dan la ilusión de haber conseguido lo que queremos. Yo, como ese Jesús, conservo esperanza, y por eso cuento historias. Así que no: espero no ser del todo pesimista.

CD: Cuéntanos en qué historias trabajas ahora. Ha pasado casi un año desde tu reconocimiento, así que ¿cuáles son los proyectos en los que estás enfocando tu talento?

DC: Desde Noturo he trabajado en dos proyectos que me emocionan mucho. El primero es un fantasmario, en el que decidí explorar múltiples escenarios o formas en que los fantasmas pueden existir, y los problemas inherentes a cada tipo: fantasmas que surgen de algoritmos, fantasmas de astronautas que quedan varados en el espacio, fantasmas que invaden otros cuerpos e invaden la tierra, fantasmas que forman cultos y quieren destruir el mundo, fantasmas que se ven obligados a hacer las paces con las versiones alternativas de sí mismos, y así, un poco de todo. El otro proyecto, en el que aún estoy trabajando, es un libro de robots en donde, igual que con los fantasmas, me he propuesto explorar un poco de todo: robots creados con magia, como experimentos de consciencia; robots que lidian con fantasmas y otros robots no humanoides, robots e historias de robots, robots y ángeles… Creo que tanto el concepto de fantasma, como el de robot, tienen muchísimas historias inexploradas, nuevas situaciones a ser puestas en juego.

CD: Mexico tiene una rica tradición en ciencia ficción, horror y fantasía, a pesar de haber sido relegada por el canon del “realismo” estatal durante años, aunque afortunadamente eso está cambiando hoy día. Así que la pregunta es ¿por qué la ciencia ficción? ¿Qué te ha movido a ese rico mundo?

DC: Curiosamente, con Noturo fue mi primer acercamiento “formal” al género. Tanto en la lectura como en la escritura, lo que me motiva es la emoción, la atmósfera que se va creando, sin importar el tipo de historia que se cuente. Así que no suelo pensar en géneros a la hora de escribir. Para este cuento, sin embargo, me pareció que la ciencia ficción, sus códigos, su lenguaje, su aproximación a las historias, y también la comunicación que genera con el lector (la posibilidad futura, la idea de que de hecho es posible) eran los que mejor podían expresar en detalle lo que quería contar: el primer intento animal por comprender el concepto de la muerte entre los humanos. Es una pena que la ciencia ficción sea relegada a un segundo término, muchas veces sin ser considerada Literatura, o cuando se le considera, sea vista con “menos pretensiones literarias”. Yo quise que este cuento creara un lenguaje propio, y según entiendo, es eso en parte lo que hace a la literatura y es eso lo que hacen los escritores de ciencia ficción.

CD: Para finalizar, ¿qué compartirías desde tu experiencia con las y los jóvenes escritores que al igual que tú, se acercan a estos mundos nuevos? ¿Por qué seguir escribiendo?

DC: Mi experiencia de vida se podría resumir brevemente: la comunicación es frágil, y merece todos nuestros esfuerzos mantenerla viva. La literatura es uno de los modos más potentes y asequibles de lograr eso. Cuando contamos una historia, no solo traemos a la vida a los personajes, que no existían antes de ser escritos, o no del modo en el que lo hacen. También ayudamos a que los Otros les infundan vida, los ponemos a su disposición para que vivan infinitas vidas en infinitos lectores, y en cada lectura, con cada intento, se mantiene viva la comunicación. Y algo más: la esperanza. También la ternura. Cuando escribimos, le estamos entregando a otro un mundo, unas personas, y lo único que pedimos a cambio es que por unos minutos, unos días, o quizá toda la vida, traten de comprenderlos, les den su tiempo y los hagan vivir. Muchos me han preguntado si escribo death fiction porque soy pesimista y creo que la muerte lo gobierna todo y no tiene caso intentar. Yo diría que es lo contrario: escribo sobre la muerte y la incomunicación porque espero que las historias ayuden a comunicarnos y a vivir, lo que sea que eso signifique.

*Puedes leer el cuento Noturo, ganador del XXXV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción, en el siguiente link: https://angelosuniverse.wordpress.com/2020/09/05/noturo/

**Su ensayo sobre su propuesta narrativa de Death Fiction, puedes leerlo aquí: https://angelosuniverse.wordpress.com/2019/09/29/death-fiction/?fbclid=IwAR0Ju3FDsplX9XdDD0Znv2SbZsgZGEU_WvfgCzHjwxkXHFGOHRQHTdYcmr8

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Chessil Dohvehnain, arqueólogo de profesión, escribe sobre ciencia ficción y fantasía para The Fiction Review. Puedes seguir al autor en Twitter (@JoyDohveh), Instagram (@dohvehnain), Facebook (Joseph Chessil Dohvehnain), o en su columna en La Jornada San Luis (https://lajornadasanluis.com.mx/seccion/opinion/joseph-chessil-dohvenhain/).