Entre pérdidas y futuros: sobre “Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio”, de Andrea Chapela

Por Samuel Lagunas

Hay un argumento que parece repetirse en todos los relatos que componen Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio, de Andrea Chapela (Almadía, 2020): una mujer experimenta, agonísticamente, una pérdida irreparable; dicho enfrentamiento aparece mediado de una u otra manera por un artefacto tecnológico. En Perfilada, por ejemplo, Lucy padece la ausencia y la distancia espacio-temporal con su exnovio-colega-mejor amigo, mientras lleva a cabo una misión en el espacio, auxiliada por un ansible que establece una comunicación en tiempo real entre ambos. De forma similar En el pensamiento cuenta la historia de Ruth, quien se ve acorralada por la propuesta de Teo, su novio, de compartir pensamientos a través de un frecuenciador. Por tanto el hilo que nos va conduciendo a través de los diez cuentos es un sentimiento de añoranza, una incapacidad de dejar ir y una incertidumbre sobre las consecuencias que los abandonos y las soledades pueden tener en una vida. En cualquier vida.

            Andrea Chapela no es una autora extraña en las llamadas literaturas de la imaginación. Después de escribir y publicar la saga de fantasía Vâudïz se ha convertido en una comprometida difusora del género. Entre los años 2014 y 2018, mientras participaba en becas y residencias artísticas, escribió los cuentos que conforman este libro. El hecho de poderlos leer en un tiempo post COVID-19 no deja de ser revelador. Debido a la acelerada digitalización de las interacciones humanas durante el tiempo de confinamiento, la experiencia de lectura de Ansibles resulta más entrañable y significativo.

Aún no tenemos clara la profundidad ni la trascendencia de los cambios ocurridos durante estos meses en nuestra manera de relacionarnos afectiva y eróticamente. Lo único seguro es que no volveremos a ser los mismos ni las mismas. En este escenario lleno de neblina, los relatos de Chapela son como pequeñas luciérnagas, ya que no alumbran el futuro, sino que delinean algunas formas de nuestro presente. Preguntas sobre la permanencia de nuestros afectos digitales (explorada sobretodo en 90% real), las consecuencias emocionales de la filtración de una fotografía en redes sociales (tema de Ahora lo sientes), o el riesgo de depositar toda nuestra confianza en aplicaciones digitales (como sucede en Calculando, recalculando), son algunas de las que obtienen más que una solución dogmática y esclarecedora, la forma de una historia. Porque, parece colegirse de toda la lectura, lo único que no perderemos nunca (ni con el ping más avanzado) será la posibilidad de contar historias y de sentir(nos) con ellas. Ese es al menos el aprendizaje de las dos mujeres de Como quien oye llover, quienes a pesar de una separación ineludible sobrevivirán gracias a la memoria de su encuentro.

            La ciencia ficción en las manos y en el corazón de Chapela está más cerca de los tormentos y las esperanzas de los cuentos de Ted Chiang o las novelas de David Mitchell y Samantha Schweblin, que de los universos reticulados y obtusos de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Ann Leckie. No se trata de trucos futurológicos meramente especulativos, ni anticipatorios (que sí encontramos, por ejemplo, en Diez planetas de Yuri Herrera), como reclamarían los más dogmáticos del género; más bien, con Ansibles estamos frente a una sucesión apasionada de inmersiones en los caminos del erotismo y la afectividad en escalas mínimas: corporales, anímicas.

            Recuerdo haber leído una crítica de cine donde calificaban la adaptación cinematográfica que hizo Denis Villeneuve del cuento de Chiang, La historia de tu vida, en Arrival (2016) como ciencia ficción “espiritual”. La etiqueta me inquietó pues suponía que la afectividad de una relación madre-hija eran exclusivas y propias de una dimensión más allá de la materia, casi suprahumana. Para Andrea Chapela, como queda demostrado en el relato En proceso (historia que comparte mucho con Frecuencia Júpiter [2013]de Martha Riva Palacio), ni siquiera el espíritu puede librarse del cuerpo y el futuro, en su forma más atemorizante —la muerte—, ya que sigue y seguirá siendo un territorio del cuerpo. Allí, los avances tecnocientíficos, más que una amenaza radical, sirven como recordatorio constante de la vulnerabilidad de nuestra carne (el olvido, la enfermedad) y de todos los vínculos que hacemos desde ella.

            Un libro que trata con tanta atención y cariño los cuerpos y la capacidad que estos tienen de memoria es sin duda un motivo de celebración en un momento espacio-temporal donde lo que necesitamos como grupos sociales es justamente eso: cuerpos con los cuales abrazarnos, emocionarnos, y juntos, imaginar todos los tiempos posibles hacia el pasado, el presente y el futuro. Y también los tiempos imposibles.    

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