Escribiendo más allá del final: No hablaremos de muerte a los fantasmas, con Daniel Centeno

Por Chessil Dohvehnain

Nacido en Los Mochis, Sinaloa, en 1991, Daniel Centeno, psicólogo de formación, fue ganador del XXXV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción en México, además de ser mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola. Ha publicado su trabajo literario en diversas revistas especializadas como Luvina, La Cigarra, Visor, Tierra Adentro, Opción (ITAM), Axxón, Punto en Línea, Rojo Siena y Penumbria, además de haber sido coeditor de la revista mexicana de literatura especulativa Primero Sueño, en tres de sus números. Bajo la categoría de cuento, ha sido becario del FONCA de 2017 a 2018, y del PECDA Jalisco de 2020 a 2021.

En este verano ha publicado su primer libro de cuentos de corte especulativo: No hablaremos de muerte a los fantasmas, de la mano de la editorial Casa Futura, la cual se enfoca en la publicación del terror, la ciencia ficción y la fantasía desde voces latinoamericanas. En entrevista para The Fiction Review, el autor nos habla de su nueva propuesta, de su proceso de escritura en tiempos de Covid-19, algo sobre sus proyectos futuros y su reciente postura con respecto a la literatura especulativa escrita en México.

The Fiction Review: No hablaremos de Muerte a los fantasmas es una colección deliciosa, cálida, que me tocó profundamente en varios aspectos. Pero antes de ahondar en sus temáticas, me gustaría saber por qué escribir sobre fantasmas y la muerte en un momento como el que estamos atravesando.

Daniel Centeno: Escribí la mayoría de los cuentos de No hablaremos de muerte a los fantasmas antes de que comenzara el primer encierro en Guadalajara el año pasado, debido a la pandemia. De los 25 cuentos, podría decir que apenas 7 u 8 fueron escritos entonces. Sin embargo, no sería justo de mi parte decir que hay una época para hablar de la muerte sin que alguien, quien sea, incluso yo mismo, no tengamos algún fallecido por quien llorar, y por quien no queramos saber nada de la muerte. Eso es lo que tiene la muerte como tema: siempre está vigente. Yo escribo sobre la muerte desde el primer cuento de mi primer manuscrito, así que para mí fue un proceso lógico. Para cuando comencé la escritura de este libro, ya había tocado el tema de la muerte de muchas otras formas, pero todas tenían en común que los personajes estaban vivos, o lidiaban con el hecho de vivir en un mundo sin muerte.

Lo que no había hecho era tomar como punto de partida la idea de que todas las vidas acaban en muerte, y proponerme descubrir su normalidad: en todos los cuentos que escribí de fantasmas, la muerte es un hecho absoluto, ya sea porque ocurrió —la misma existencia del fantasma lo confirma—, o porque ocurrirá. La muerte nunca sorprenderá por “ocurrir”, no en este libro. Quise quitarle el peso de “sorpresa” al acto de morir, o a no poder hacerlo, como había hecho en mis cuentos hasta entonces, y darle al lector, desde el principio y hasta el final, la certeza de que ahí sólo encontraría historias sobre la muerte.

Este es un libro de fantasmas. Hay mucha muerte aquí, desde el principio y hasta el final. Y me lo tomé tan en serio que pensé en 25 formas distintas de estar muerto: morir y repetir patrones, morir y que te puedan asesinar otra vez, morir y condenar a un planeta a la extinción de su vida, morir y defender a los vivos de una invasión… Morir como punto de partida, no como el fin.

Creo que cualquier momento es propicio para que resignifiquemos la muerte, para llenarla de historias, para soportarla, en lo posible, aunque sea insoportable, como lo es ahora.

TFR: Admito que leerlo fue una parte importante e interesante de un ciclo de duelo personal que, como mencionas, despoja de sorpresa un fenómeno tan natural. Y eso me encantó, porque usualmente tenemos en el mainstream muchas historias que normalizan la vida, vendiéndonos la muerte como algo que no debería ocurrir, más en esta época de pandemia. ¿Así que cómo le hiciste para imaginar tantas caras del prisma de la muerte en esa dirección, y cuáles fueron los más difíciles de construir? Sin arrojar demasiados spoilers, claro.

DC: Ya no recuerdo el nombre, pero a finales de 2019 leí un cuento de Bradbury en el que un fantasma iba por otro, para orientarlo en la muerte. Y recuerdo que el fantasma se guiaba mucho por el olor, más que por cualquier otra cosa, buscando su retorno a su hogar. Aquello, claro, era apenas una nota al pie en la historia del cuento, pero se me quedó muy grabada una pregunta, a la que le di muchas vueltas: ¿por qué en las historias de fantasmas, si acaso pueden, oyen y ven, pero rara vez huelen, tocan o saborean? Es decir, no tiene más sentido que unos ojos que sólo están hechos de luz puedan procesar la luz del ambiente, o que unos tímpanos de luz procesen el sonido, a que sus cuerpos de luz toquen las cosas, o las huelan, o las coman. Me pareció que había una especie de vacío lógico en la forma en que los fantasmas son retratados.

Luego, esa misma pregunta me la hice en un contexto distinto. No recuerdo por qué, pero durante algunos días en redes se llegó hablar mucho de aliens, un poco más que de costumbre, y yo me pregunté si alguna vez había leído una historia en la que, luego de venir a conquistarnos, los aliens se encontraran con que no sólo debían enfrentarse a los vivos, sino a los muertos, y cómo sería. Que matarnos no les serviría de nada, porque sólo harían más grandes las filas de fantasmas. En aquel entonces hice un borrador que no pasó a mayores, en el que los fantasmas, sin hacer nada, sólo con su presencia, amenazaban a los aliens con que no se irían. Era un cuento mudo, en el que nadie tenía voz, solo una imagen. Pero la idea quedó ahí, acosándome fantasma.

Luego, un par de meses después, acabé pensando en esta otra idea: si la mayoría de las cosas por las que pasamos con nuestro cuerpo tienen un componente genético, ¿qué pasaría si el volvernos fantasmas fuera una posibilidad escrita también en nuestro ADN? ¿Cómo lidiarían las personas con saber que otros podrían ser fantasmas, pero no ellos? Claro que todas esas son grandes preguntas, y cada una podría haber dado como resultado historias muy extensas. Una amiga me decía que se imaginaba una novela entera de fantasmas contra aliens (yo aún no lo descarto). Pero en ese entonces, con esos antecedentes, decidí que mejor escribiría un libro en el que exploraría historias puntuales de esos mundos; me haría preguntas, una y otra vez, de forma distinta, sobre lo que significa ser fantasma.

Cuando lo hice, todas esas preguntas me señalaban algo obvio, pero que como toda obviedad, la pasé por alto: que ser fantasma puede significar muchas cosas. Así que me propuse pensar todas las cosas que podría ser un fantasma: un algoritmo, otra especie; seres que se alimentan de la luz que dejaron en otros, seres que reviven su vida entera, hasta volver a morir definitivamente; lo fantasma como un virus dentro de nosotros… Algunos me resultaron difíciles por lo que me supusieron emocionalmente. Cuentos como La vida se sostiene en pequeños actos de culpabilidad o El legado de mis padres fueron especialmente difíciles de contarme a mí mismo. Pero diría que los dos que me requirieron más trabajo en la parte técnica son Los fantasmas poseen una magia muy peculiar y Muerte suspendida.

Para el primero, leí una buena cantidad de artículos sobre la Constitución, con el fin de tratar de comprender cómo los fantasmas podrían constituir una ley propia, cómo sería esta y bajo qué justificación. Al final decidí tirar de la línea de la libre determinación de los pueblos, y de cómo, si una situación en la ley afecta que las personas de un determinado grupo no puedan acceder a sus derechos, deberían de tener a la ley de su lado para ayudarles. En este caso, los fantasmas demandan a los humanos por negarles el lenguaje, que es lo que los mantiene vivos.

El segundo cuento me resultó un poco extraño también, por su forma: una falsa crónica. Me puse a leer crónicas de Gabriel García Márquez, por ejemplo, para ver cómo era su registro como cronista y compararlo con el de ficción, y ver cómo podía aplicar eso en mi propia forma de escribir. Quería que fuera un cuento íntimo y desapegado a la vez, de ahí que el cuento esconda información hasta el final. La clave de lectura da ese juego. En ese sentido, ambos fueron un reto peculiar, aunque no descarto que todos los cuentos supusieron de algún modo un reto, sobre todo emocional.

No hablaremos de muerte a los fantasmas es el primer libro de cuentos del escritor mexicano Daniel Centeno, publicado por Casa Futura Ediciones

TFR: Sin duda me fascina toda la exploración de voces y géneros que haces en el libro, y que lo enriquecen con una estética de ficción de la muerte que hace que bebas la especulación de los cuentos como agua. Con un universo tan rico como el que mencionas y presentas en el libro no puedo evitar preguntar cómo fue que el último año afectó tu trabajo de escritura para lograrlo. ¿Qué tan difícil fue?

DC: Para mí 2020 y 2021 han sido años muy prolíficos: escribí un libro completo de fantasmas, uno casi completo de robots y uno, hasta ahora más largo que ambos, sobre una ciudad imaginaria. Pero durante ese tiempo, las crisis, todas, me golpearon más duro que nunca, porque ya no sólo fueron creativas: perder personas a las que quise mucho, enfermarme yo mismo, lidiar con secuelas… y todo mientras trataba de editar un libro y escribir otro, y mientras ejercía la docencia. Quienes conocen docentes no me dejarán mentir: estos dos años han sido durísimos.

Si logro terminar estos proyectos para 2022, quisiera darme un año sabático para recuperarme, porque la vida ha sido cansada y yo me exigí —y me sigo exigiendo— más de lo que debería. El problema es que ya tengo más proyectos en mente, y todos se sienten urgentes, considerando que la vida puede terminar en cualquier momento.

TFR: Claro, y con esa visión en mente no se pueden dejar las cosas como asuntos pendientes, menos cuando no sabemos si eso nos atará a la tierra aún después de la muerte, como profundizas en tu libro. La redención, el dolor de la pérdida, el arrepentimiento, pero también el horror cósmico al que haces guiños apelan a eso desde diferentes perspectivas. Por otro lado, ¿cómo fue tu participación con la editorial mexicana Casa Futura y su apuesta por un abanico de relatos tan diverso?

DC: El editor de Casa Futura, Jovany Cruz, apostó mucho por la diversidad de estilos y de mundos en el proyecto, y me hizo observaciones sobre cada uno de estos con la misma seriedad con la que yo me tomo mis historias. Me hacía, sobre todo, preguntas. No me imponía cambios, en ningún momento. Por otro lado, me dio la oportunidad de re trabajar los cuentos, luego de una primera ronda de observaciones; cambios que, por ejemplo, hicieron que el libro ganara casi 7 mil palabras que no tenía antes y que, creo, nutrieron la riqueza de los mundos que exploro.

Siento que nunca perdió de vista que el cuento es una historia con peso independiente, pero también del valor del conjunto, y de lo que este crea. Aunque yo ya tenía el orden de los cuentos desde el principio, me hizo ver cosas en su lógica que no había notado, o que pasé por alto, y me hizo sentir más seguro con mi decisión en ese sentido, ayudándome incluso con algunos ajustes. El trabajo que hizo con mis cuentos, la verdad, es impagable: antes de sugerir, trató de comprender; y cuando sugirió, no impuso. Me deja muy buena experiencia el trabajar el manuscrito con él.

Por otro lado, está el hecho de que salvó mi libro de ser autopublicado, opción nada deleznable, aclaro. Yo mismo he pensado que quizá opte por ella en futuros proyectos, pero era una iniciativa que no estaba considerando por elección, sino porque parecía no haber opciones editoriales allá afuera. Ser cuentista joven, sin padrinos y de un género no realista en México, es una locura. Cualquiera que cumpla con esas condiciones sabe de lo que hablo: uno se cansa de tocar puertas. Así que, en parte, otra cosa que le agradezco a Jovany es simplemente eso: haber abierto un espacio para esos géneros, esas formas, esas voces. Eso también es inestimable.

TFR: Qué interesante es ver proyectos como esos donde hay empatía y una dinámica de trabajo en equipo que deviene en resultados como tu libro. La edición deja testimonio de lo que mencionas, y eso hace querer esperar más no solo de ti sino también de Casa Futura como editorial que apoya lo especulativo en México, junto a otras propuestas igual de interesantes.

Ahora, si bien la autopublicación no es para nada despreciable, a la fecha ¿cómo ves que pueda perfilarse el futuro de la literatura especulativa en México desde esta experiencia con la publicación de tu libro? ¿Ves que hay un hambre de largo plazo en México por proyectos de este tipo?

DC: Es un asunto del que hablo mucho: no creo que haya muchos espacios para publicar en el género, menos si hablamos de cuento. No libros, al menos. En tiempos recientes, sin embargo, han surgido editoriales como Casa Futura Ediciones, Perla Ediciones, Odo Ediciones. Seguramente hay más por venir y de ser el caso soy el primero en alegrarme.

Qué tanto los espacios prosperarán, y si seguirán haciendo eco de voces mexicanas y jóvenes, qué tanto permitirán la narrativa diversa —no sólo de identidades, sino en las formas, en los registros, en los temas—, depende no sólo de la labor de sus editores, que ya es titánica al aventurarse en ello en plena pandemia, sino también de quienes procuramos el género como lectores o escritores. Nuestra parte es ayudar a que estos espacios no desaparezcan.

Espero que la prosperidad de estos proyectos invite a que otros se lancen a la locura de editar esas cosas que parecieran, hasta ahora, difíciles, si no es que hasta imposibles.

TFR: Casi para terminar, ¿qué nos puedes contar de tus proyectos futuros que mencionabas hace unos momentos? ¿En qué terrenos especulativos podríamos encontrarte en el futuro no tan lejano?

DC: Para mí la exploración temática que he hecho me parece muy lógica: empecé con cuentos donde la muerte era una irrupción violenta, luego una deseada, luego una inescapable, luego fantasmas, y de ahí me pasé al proyecto de robots, donde los humanos son sólo una idea, algo muerto o algo que ya está casi extinto. La muerte, digamos, quedó atrás. Incluso los fantasmas, aunque presentes, no se les ve con la normalidad con la que se les veía en el manuscrito anterior. En ese último proyecto me propuse hacer exploraciones híbridas: un cuento de ingeniería y magia; un cuento de robots y fantasmas; otro de robots y ángeles, por citar los que ya están terminados.

En cuanto al último proyecto en el que he trabajado, decidí que ir hacia adelante, más lejos de la muerte, no era una opción, y en cambio, acabé expandiéndome en todas direcciones a partir de ahí: se trata de la recreación de una ciudad imaginaria, del mismo modo en que Bradbury recreó una Marte colonizada; una ciudad de provincia, como Guadalajara, en la que todos los lugares, las estatuas, los momentos históricos, están revestidos de imposibilidades, de magia, de muerte, sí, pero de la muerte como algo superado también. En el libro propongo la idea de que si bien los personajes que viven en la ciudad, y a quienes les ocurren las historias, son los mismos siempre, a la vez no lo son. Son variaciones de estos, son múltiples vidas de un grupo de personas, en un mismo lugar.

Y el proyecto que planeo comenzar apenas termine esos dos, va un poco en la línea de expandir el concepto de las múltiples vidas a múltiples universos, radicalmente distintos entre sí, albergando toda clase ya no de seres, de conciencias, de vidas, sino de objetos. Me divierten mucho las posibilidades de lo que estoy escribiendo y de lo que estoy por escribir, porque siento que no son varios libros, varios proyectos, sino un sólo gran proyecto que empezó desde mi primer cuento en el primer manuscrito y que continúa hasta ahora.

Es muy probable que siga en esa misma línea en el futuro, porque va en paralelo a mi vida. Porque escribo sobre aquellas cosas que algún día acabarán por ser necesarias para mí. Espero que podamos compartir ese futuro. O más importante: que haya un futuro para compartir.

*No hablaremos de muerte a los fantasmas puede comprarse online en ebook o en formato físico a través de la página http://www.casasfuturaediciones.com. Puedes seguir a Daniel Centeno en sus redes sociales por Facebook (@DanielCentenoEscritor), Twitter (@DanielCenteno50), Instagram (@centenodann), o a través de su página https://danielcenteno.carrd.co/ donde podrás encontrar más de su trabajo.